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viernes, 21 de julio de 2017

Un cabaret en Islandia (capítulo X)

Vista nocturna de Ciudad de Guatemala.


X


El barco tomó rumbo hacia el golfo de Guinea. La convivencia a bordo seguía ajustándose a las costumbres establecidas. El grupo de viajeros no se mezclaba más de lo necesario con los marinos y, aunque la calma reinaba después de algunos incidentes, los unos y los otros se miraban con cierto recelo. Los marineros, en el fondo, no dejaban de considerar a aquel grupo inusual y variopinto como unos intrusos que habían alterado el régimen de vida habitual en el barco. La vida en alta mar, con sus privaciones e incomodidades, agría fácilmente el carácter de quien debe sufrirla durante largos periodos, de forma que la aparición de cualquier molestia más allá de lo habitual se convierte en intolerable. Por este motivo, el mal genio y las rudas maneras de la tripulación disgustaban a los viajeros, pues temían que su grupo, en el que se reunían mujeres, homosexuales, negros, árabes o judíos, se convirtiera enseguida en el blanco de sus odios. Sabían que los marineros, en el fondo, pertenecían a la misma clase que todos ellos, la de los hombres y mujeres que se ganan la vida como pueden cada mañana, pero también sabían que los oprimidos a menudo reproducen con sus iguales, de forma inconsciente, la dialéctica de los opresores. Pese a todo, el aplomo de Anacarsis y Larry, que habían sabido ganarse el favor del capitán, mantenía el orden a bordo en todo momento.

Una noche a bordo, Alí tuvo un sueño tan lúcido como turbador en su camarote. Desde que había abandonado Siria y su guerra, dormía con más o menos sosiego, pero algunas veces la memoria de su pasado cobraba la forma de pesadillas, como un fantasma que de vez en cuando lo visitaba a través del subconsciente. Soñó que había retornado a su infancia, cuando apenas contaba siete años. Era un niño flaco, de apariencia ligeramente desvalida, que jugaba a la pelota en una plaza de su barrio natal de Homs con los hijos de sus vecinos. Poseía mucha menos destreza para el fútbol que sus compañeros de juego, quienes dominaban los giros, los pases y los regateos con facilidad pasmosa. No se explicaba cómo aquellos niños realizaban con absoluta naturalidad aquellas coreografías con la pelota, como quien se lava los dientes o pasa las páginas de un libro. Le parecía como si un genio maléfico moviera las piernas de los otros con hilos invisibles, regocijándose mientras causaba su envidia y su desconsuelo por no saber moverse de aquella manera. Sin embargo, de súbito se dio cuenta de que su envidia consistía en una absurda ilusión: aquellos niños jugaban al fútbol con habilidad porque les apasionaba, pero él jugaba sólo por la fuerza de la costumbre, para que nadie lo tachase de raro o de solitario. Su corazón y su cabeza se inclinaban hacia otros intereses: le gustaba más observar en silencio las yerbas y los insectos que vivían en los solares de su barrio. Se apartó del juego y se quedó solo y callado en una esquina, mirando embelesado la marcha de un ejército de hormigas que acarreaban migajas de pan hacia su hormiguero, al que entraban desde una mínima oquedad abierta a ras de suelo en un muro de ladrillos. La naturaleza, incluso en sus manifestaciones más humildes, le ofrecía un mundo mucho más interesante que el fútbol. En la naturaleza nadie ganaba ni perdía: todas las criaturas se abrían paso a través de caminos diferentes, a cada cual más inesperado y asombroso. Mientras miraba el partido con indiferencia, recordó que el azar o el destino los separaría a todos, como semillas de vilano esparcidas en el viento, y que no volvería a saber jamás de aquellos niños que corrían y gritaban ufanos en la plaza, como en efecto había sucedido en la realidad. En ese momento el capitán de su equipo, con andares altivos y ceño iracundo, se acercó al muro junto al que Alí se había distraído y le reprochó que hubiera abandonado el juego. Alí se excusó diciendo que se sentía mal del estómago y no podía continuar jugando.

–¡Eres un flojo! –le echó en cara el capitán– ¡No volverás a jugar con nosotros!
–¡Flojo! ¡Flojo! –repetían a coro los niños del equipo contrario.

Sin embargo, todos callaron cuando un ruido atronador inundó el ambiente. La silueta de varios aviones de guerra se perfilaba sobre los edificios del barrio. Aunque Alí no había vivido la guerra de Siria en su infancia, sino en su edad adulta, muchos años más tarde, las imágenes y los pensamientos de varias épocas de su vida se mezclaban en el sueño de una forma en apariencia arbitraria, pero que obedecía a las profundas razones del subconsciente. Los aviones arrojaron bombas sobre la ciudad y todos los niños corrieron a esconderse donde pudieran. Alí se refugió en el portal abierto de un bloque de pisos, agazapado en el hueco que había debajo de una escalera. Desde su escondrijo le sorprendió el estallido más fuerte que había escuchado en su vida, sacudiendo sus tímpanos como parches de timbales. Después de unos minutos de silencio, comenzó a escucharse un coro difuso de voces y lágrimas entre olores de polvareda y humo. Alí se orinó de miedo sobre sus piernas. Miró de reojo hacia la calle, desde el hueco de la escalera, y descubrió que una bomba había caído muy cerca, en la manzana de enfrente, situada a pocos metros del edificio. Había descargado su metralla asesina sobre otro bloque de pisos, reduciéndolo a escombros. Todas las ventanas de los edificios vecinos se habían quebrado como si estuvieran hechas de celofán. Muchas puertas se habían desgajado al momento de sus quicios, como si fueran de cartón piedra. El niño en que Alí se había transformado en aquel sueño se sintió más desvalido que nunca. La muerte había pasado rozando sus cabellos como una bala desviada. Encontrarse vivo o muerto dependía solo de estar en una u otra acera de la calle, de una casualidad ajena a todo sentido. Salió de nuevo a la calle. Comenzó a llamar a gritos a sus compañeros de juego, pero ninguno respondía. No sabía dónde se habían escondido, ni siquiera si estaban vivos o muertos. El sirio se despertó con ansiedad, sudoroso, y suspiró de alivio cuando se dio cuenta de que no se trataba más que de un sueño. Marta dormía tranquila a su lado, sobre el lecho del camarote. El barco apenas se movía, pues atravesaba una zona de calmas.

Alí se sentó en la cama con sumo cuidado, para no molestar el sueño de Marta. Se levantó para quitarse el mal cuerpo que le había dejado la pesadilla. Abrió la puerta del camarote despacio, la cerró sigilosamente y avanzó por el pasillo hasta la cubierta. Miró el cielo estrellado con la misma curiosidad y emoción que las hormigas de su infancia, como si gracias al sueño hubiera recuperado su original asombro por la naturaleza. Aquella noche de luna nueva las constelaciones se veían con una claridad meridiana. Salvo dos o tres, no conocía sus nombres, pero le fascinaban sus líneas semejantes a rosarios luminosos. Una estrella fugaz atravesó el espacio de la noche y se perdió en el infinito. Alí deseó que su viaje no fuese en vano, que la felicidad que había conseguido en los últimos meses como un milagro durase el resto de su vida. Anduvo algunos pasos con la mirada absorta en el cielo, hasta que se tropezó con Anacarsis, que había salido a fumarse un cigarrillo en la cubierta. El joven inglés le invitó a un cigarrillo y el sirio le contó el sueño que había tenido sin muchos detalles.

–¿Puedo hacerte una pregunta? –le pidió Alí.
–Dime –respondió Anacarsis–.
–¿Por qué has hecho este viaje? Los hombres como tú, los que nacen ricos y privilegiados, no suelen embarcarse en estas aventuras. Se dedican a gastar su fortuna sin pensar jamás en la suerte de los otros.
–No sé qué ganaría haciendo lo mismo que los demás, salvo un poso de amargura y aburrimiento. Mis conocidos y amigos de Londres piensan que me he vuelto loco, que estoy jugándome la salud y la vida sin ningún motivo razonable, pero yo me siento más feliz que nunca. Si buscara la aprobación de los demás a todas horas, malgastaría mis años como un miserable, imitando vidas ajenas en vez de llevar la mía.
–¿Sabes? En cierto modo me sucedía algo semejante en la infancia. Cuando me alejaba de los partidos de fútbol de mi barrio para quedarme embelesado con las hormigas, sentía que en el fondo estaba haciendo lo que realmente deseaba. Había encontrado una vocación. Y la opinión de los demás no importaba nada comparándola con esa vocación, con esa alegría interna que nadie comprende salvo uno mismo.

Mientras Anacarsis y Alí filosofaban sobre la libertad individual, Marta seguía durmiendo. Como todos los que se han enfrentado a vivencias traumáticas, ella también sufría pesadillas de vez en cuando. Soñó que se encontraba en el barrio de Ciudad de Guatemala donde vivía, un arrabal de casas de cemento desnudo y materiales de desecho que se apiñaban en los cerros de las afueras de la ciudad. Sobre el arrabal se había formado una masa de nubes plomizas, creando una atmósfera calurosa y húmeda que llegaba a todos los rincones: parecía como si las nubes fueran a descargarse en un fuerte aguacero, pero no se decidían a provocar la lluvia. Marta ejercía la prostitución en las calles del barrio, esperando a sus clientes en lugares más o menos concurridos. Las maras dominaban el barrio y sus criminales paseaban con absoluta impunidad, a menudo con sus armas en la mano. Entre las gentes que iban y venían, le pareció reconocer la figura del narco que la había violado. Se estaba acercando hacia ella para comprar sus servicios. Acordaron el precio y Marta lo llevó a su casa, escondida en un fétido callejón donde había que sortear los charcos para no mancharse los pies de fango. Un perro callejero pasó a su lado y les dirigió su mirada triste, como si presintiera lo que sucedería más tarde. Se acostaron en el jergón que Marta guardaba en su dormitorio. El narco fornicaba sin ternura ni respeto, con la misma violencia que formaba parte de su vida cotidiana. Marta se había habituado a la brutalidad animal de sus clientes, pero aquel hombre le inspiraba miedo. Marta le dijo que había pasado la media hora convenida según el precio y que debía terminar la faena, pero el narco no quería bajarse de la cama. Se había desatado la lluvia y sus enormes gotas caían sobre el techo de plástico y uralita con un ruido inclemente, como si se tratara de granizo más que de lluvia.

–¿Cómo te atreves a mandarme, puta? No sabes con quién estás hablando: con el jefe de la mara –le gritó con desprecio–.

La sujetó por el brazo derecho con su mano izquierda y por el cuello con la diestra. Marta miró con espanto sus brazos fornidos, llenos de tatuajes que indicaban su jerarquía en la mara y sus hazañas criminales. Él empezó a acometerla con furia desmedida: cada una de sus acometidas la desgarraba en lo más hondo. Pero en el sueño Marta no estaba dispuesta a que se repitiera lo mismo que había sucedido en su vida real, cuando la violaron aprovechándose de su indefensión. Ella recordó que había escondido un cuchillo bajo la almohada: movió el brazo izquierdo, que todavía le quedaba libre, hasta encontrarlo. Le clavó el cuchillo en el abdomen: él gritó como un puerco en la hora de su matanza. Se lo clavó tres veces más, hasta dejarlo muerto sobre la cama. Un hilo de sangre se derramaba sobre la blancura de las sábanas revueltas. Con serenidad escalofriante, Marta se levantó de la cama y se dirigió a la cocina con paso raudo. Tomó un hacha de cortar carne que guardaba en el cajón de los cubiertos y regresó al dormitorio. Le cortó la cabeza de un tajo a su violador y salió a la calle sosteniéndola en su mano, como Judith con la cabeza de Holofernes. En la puerta de la casa, la mostró delante de sus vecinos, que la miraban petrificados en su asombro. Entre las nubes, un rayo de sol dorado iluminó de súbito su rostro, como si el cielo hubiera aprobado su acción. Amainaba la lluvia que unos minutos atrás había comenzado. Marta se despertó con un extraño sosiego, mientras su marido abría la puerta del camarote.

–¿Dónde estabas? –le preguntó ella.
–No podía dormir y salí a fumar un cigarrillo.

Marta no le comentó nada a Alí sobre su pesadilla, pues no quería conversar de asuntos escabrosos. Aunque el pasado volviera algunas noches a través del subconsciente, prefería centrarse en el ahora y pensar en un futuro digno. Al fin y al cabo, salvo Anacarsis y Larry, todos los viajeros del grupo huían de su pasado con una agobiante urgencia, como si cada milla náutica de la travesía los alejara un poco más de los fantasmas que aún habitaban sus memorias.

(Fragmento del capítulo X de la novela Un cabaret en Islandia)

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