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sábado, 29 de julio de 2017

Un cabaret en Islandia (capítulo VII)

Autopista en el desierto de Arabia Saudí.

[...]

Leila no conoció jamás a su madre, pues había muerto debido a complicaciones relacionadas con el parto. Pocos meses después, su padre, Salman, se casó en segundas nupcias con una tía de Leila, que había enviudado unos años antes de casarse con él. Con el nuevo matrimonio, la tía de Leila evitaba el desamparo inherente a la condición de viuda, mientras Salman conseguía otra mujer que se ocupara de las tareas de la casa y la crianza de la niña. Todo quedaba en la confianza de los círculos familiares. Sin embargo, la joven saudí no recordaba su infancia como una época demasiado feliz. Su tía la trataba con desapego: tenía ya dos hijas de su difunto marido, así que en el fondo le disgustaba el hecho de verse obligada a criar a su sobrina como si se tratara de una hija más. Por otro lado, Salman podía definirse como un hombre de carácter brusco y severo. Odontólogo de profesión, mantenía en el centro de La Meca una consulta que generaba un volumen razonable de ganancias: a diferencia de los saudíes más ricos, no podía mantener a más de una esposa, pero vivía sin apuros y se regalaba con algunos lujos de vez en cuando. Como la inmensa mayoría de su pueblo, se había educado en los rigores del islam salafista, así que sentía un disgusto inconfesable por el hecho de que hubiera nacido una niña en lugar de un varón, ya que se trataba de la única descendencia que le había dejado su difunta esposa. De este modo, Leila creció sintiéndose desplazada, en una casa donde su tía y su padre la trataban más como una carga molesta que como una parte más de la familia.

Mientras pensaba en sus orígenes, le vino a la cabeza un episodio ocurrido en su infancia. Desde los seis o siete años, su tía la obligaba a colaborar en las tareas domésticas, en la creencia de las mujeres debían educarse desde niñas para convertirse en buenas amas de casa. Sin embargo, la carga de trabajo superaba con creces lo que Leila podía asumir a su edad. La niña terminaba agotada casi todas las noches, después de ayudar largas horas en la cocina, pasar la bayeta sobre el mobiliario o fregar los suelos de todas las habitaciones. En una de aquellas tardes interminables de trabajo, Leila llevaba un plato desde el fregadero hasta la mesa de la cocina. Su estatura aún no le permitía llegar a la mesa con facilidad, así que debía ponerse de puntillas para colocar los platos en la superficie del mueble. Mientras lo empujaba desde el borde de la mesa hacia el centro, el plato se cayó sobre el suelo de la cocina con un sonoro golpe, quebrándose en trozos innumerables. Nada más sentir el golpe, la tía de Leila corrió a la cocina para comprobar qué había sucedido. Cuando miró los añicos del plato en el suelo, mientras Leila lloraba del susto, le gritó llena de rabia y le dio varias bofetadas en la mejilla.

–¡Inútil! ¡No sabes hacer nada bien!

El llanto de la niña se prolongó de manera inconsolable, con sollozos cada vez más fuertes. Su tía cogió un escobillón para barrer los añicos del plato, rumiando todavía quejas a media voz, mientras Salman se asomó a la puerta de la cocina. De pie, firme como una columna, volvió los ojos a Leila con una mirada fría y seca. Aquella mirada le dolía más a la niña que las bofetadas de su tía, pues le demostraba la indiferencia y el desapego de su padre, que en el fondo solo pensaba en el varón que no había tenido cada vez que la miraba. De este modo, la primera infancia le trajo la desgarradora certidumbre de que su familia no la quería. No podía imaginarse aún que millones de niños en el mundo crecían bajo las mismas condiciones, sin los afectos más elementales, zarandeados entre la violencia y el miedo. Cada vez que recordaba aquella escena, a Leila le parecía como si las bofetadas de su tía le dolieran de nuevo en la mejilla y la mirada amenazante de su padre le causara un silencioso escalofrío.

Cuando Leila había cumplido los dieciséis años, un extraño personaje apareció en su vida. Se trataba de Muhammad, un amigo de Salman con el que este había formado una empresa dedicada a la depuración de las aguas residuales, un negocio que se había convertido en estratégico debido a la falta de recursos hídricos en el desierto. Muhammad había establecido algunos contactos con familiares lejanos del rey saudí, gracias a los cuales obtenía beneficiosos contratos con empresas públicas y privadas. Con frecuencia viajaba a Riad, la capital del país, para atender sus negocios y visitar a sus millonarias amistades. Un día, mientras tomaba té en la casa de Salman, el empresario le sugirió a su socio y amigo que podría conseguir un empleo para su hija en el servicio doméstico de la casa real saudí. La idea le resultó de lo más atractiva al odontólogo, pues no solo implicaba que Leila ganaría un buen salario, sino también que pondría la mesa o pasaría la aspiradora junto a los hombres más poderosos de la nación. De este modo, si la chica agradaba a la familia real, se le abrirían las puertas para conseguirle a su padre toda clase de favores e influencias. El inconveniente de que su hija debiera trasladarse a Riad, donde la casa real tenía su palacio, no suponía nada en comparación con las ventajas de aquel empleo. En consecuencia, Salman decidió el futuro de Leila en una conversación de media hora, sin pedirle su opinión en ningún momento; pues en el desierto arábigo, donde los tribunales consideran que el testimonio de un varón vale el doble que el de una mujer, en absoluto se permitiría que una hija cuestionara las decisiones de su padre.

Leila asumió con indiferencia el destino que su padre le había dispuesto, como una fatalidad a la que no podía sustraerse. No sentía ningún apego hacia aquella casa donde realmente nadie la amaba, pero la idea de marcharse al palacio real tampoco le inspiraba demasiado entusiasmo. Su educación, basada en la violencia y en el miedo, había adormecido los pocos deseos de libertad que le quedaban. En el fondo, Leila deseaba algo diferente a lo que los demás le habían preparado, pero su anulada voluntad ni siquiera podía formular una vaga intención de rebelarse. En los últimos días que la joven pasó en casa de Salman, antes de mudarse a Riad, su padre le hablaba con euforia sobre su nueva residencia, ponderando su lujo y su grandeza noche y día. Sin embargo, más allá de sus palabras alentadoras, Salman solo pensaba en amistades influyentes, en relaciones privilegiadas y, sobre todo, en dinero.

Leila se desplazó a Riad con su padre. Cuando llegaron a la entrada del palacio, un mayordomo hindú esperaba a la joven, ataviado con una suerte de levita azul oscura y pantalones blancos. El padre se despidió brevemente de su hija y le deseó suerte en su nuevo empleo. El mayordomo cogió su maleta y la acompañó a través de largos pasillos, decorados con jarrones de porcelana y alfombras orientales, hasta llegar a la zona de las habitaciones del servicio. Le enseñó su habitación, le entregó la llave y se despidió inclinando ligeramente la cabeza, mientras se perdía en el mismo laberinto de pasillos que habían atravesado. Muhammad le había anticipado a Leila que su trabajo consistiría en limpiar y adecentar las habitaciones de los príncipes saudíes. Se trataba de una larga prole de varones, hijos de las diferentes esposas del rey, entre los cuales se decidiría en algún momento la sucesión a la corona. Algunos tenían ambiciones políticas y soñaban con sentarse en el trono, aunque hubieran de conseguirlo a través de conspiraciones familiares; otros, menos ambiciosos pero más avispados, se dedicaban a gastar el dinero de su padre en caballos purasangre y coches de lujo, sabiendo que no se verían obligados a trabajar hasta el fin de sus días. Algunos se habían casado y tenían hijos, pero casi todos preferían evitar los compromisos matrimoniales y caían en los brazos de interesadas concubinas o de prostitutas de lujo. Acostumbrados al derroche desde la infancia, todos ellos vivían lejos de la realidad en la atmósfera de la corte, donde su condición de príncipes, sumada a la falta de responsabilidades, había forjado sus caracteres con una mezcla explosiva de frivolidad, imprudencia y altanería.

Desde el primer momento, Leila se asombró de las extravagancias en las que tiraban aquellos jóvenes su dinero. Uno se había dado el capricho de criar un guepardo, al que solía pasear atado con una correa dentro y fuera del palacio. A veces el animal causaba algunos destrozos con sus afiladas uñas, como abrir agujeros en un sofá para sacarle el relleno o desgarrar en varios jirones unas cortinas de damasco, pero los mayordomos se limitaban a reponer los objetos destrozados al día siguiente. Nadie se atrevía a llamar la atención a su alteza ni a su mascota. Se consentía incluso que el guepardo almorzara todos los días junto a la mesa de su dueño, como si se tratara de un gato, en una bandeja de plata donde le servían carne de res troceada. En otra ocasión, dos príncipes llamados Abdallah y Musa corrían con sus caballos por los jardines del palacio. Se habían apostado un reloj de oro al primero de los dos que llegara hasta una palmera del jardín que les servía de meta. Saltaban setos de arrayanes y pisaban macizos de flores con las herraduras de sus caballos: nada les importaba para alcanzar su objetivo. Abdallah, como veía que Musa lo aventajaba, se desvió del jardín e irrumpió con su montura en las estancias del palacio para acortar camino. Cabalgó con alocada furia a través de los corredores, levantando alfombras y quebrando jarrones de porcelana, bajó unas escaleras de mármol y salió de nuevo a los jardines por una de las muchas puertas del edificio. Gracias al atajo, el temerario príncipe llegó antes que su hermano a la meta y consiguió el reloj de oro de la apuesta. El incidente se saldó con una breve amonestación del rey, que ordenó a su hijo que tratara el mobiliario palaciego con más cuidado, pero sus audacias con el caballo se conocían ya fuera de la corte.

Una mañana, Leila estaba haciendo la cama en el dormitorio de Abdallah, que a la sazón tenía veintinueve años. La habitación se encontraba en el más absoluto desorden, con las sábanas revueltas, las alfombras medio levantadas y buena parte de la ropa tirada en el suelo. Mientras Leila ordenaba aquel caos, el príncipe entró en el dormitorio. Primero se detuvo en el quicio de la puerta, mirando las escasas formas del cuerpo de Leila que se insinuaban a través de la abaya que la cubría, pero luego dio unos pasos al frente y se acercó a la joven. Ella lo miró confusa, con una mezcla de miedo y asombro, pues no sabía sus intenciones. Él jamás había cruzado una palabra con ella, pero en más de una ocasión ya se había fijado en la mirada penetrante de sus ojos verdes.

–Buenos días –dijo Abdallah–.
–Buenos días, alteza –respondió Leila tímidamente–.
–Como veo que eres una buena empleada, quisiera tener un detalle contigo. ¿Te gustaría acudir a una fiesta?
–¿Una fiesta? Pero… yo no soy más que una trabajadora del servicio.
–Se trata de una fiesta privada… Se celebra esta noche en la mansión de un amigo, en el barrio más lujoso de Riad.
–Alteza, agradezco mucho su invitación, pero no tengo ropa decente para acudir a una fiesta.
–Eso no es ningún problema. Ahora mismo voy a mandar que te traigan vestidos y joyas, para que elijas los que más te gusten.

Debido a la insistencia del príncipe, Leila no se atrevió a rehusar la invitación. En su fuero interno, la sombra del recelo se alternaba con agradables esperanzas. Sabía que, si Abdallah la había invitado a una fiesta privada, sin duda había puesto sus ojos en ella, y se imaginó una vida futura como concubina del príncipe, rodeada de toda clase de lujos y atenciones. Aquella misma tarde Leila llamó por teléfono a su padre, para pedirle consejo sobre cómo debía actuar en aquella situación, aunque en el fondo se trataba de una manera de reafirmarse en lo que ya había decidido. El padre, ansioso por ganarse influencias en la corte a través de su hija, la felicitó por haber tenido semejante golpe de suerte y le aconsejó que no perdiera la ocasión de acudir a la fiesta. Hacia las nueve de la noche, cuando el sol ya se había dormido tras el perfil de las dunas, Leila se presentó en las cocheras del palacio cubierta con su abaya, como de costumbre. Abdallah, que la esperaba en un rincón, la cogió de la mano con delicadeza y la acompañó hasta su coche. Varios de sus hermanos, que también se dirigían a sus coches para acudir a la fiesta, no se mordieron la lengua para hacer comentarios y piropos sobre la belleza de la joven. Entre largas filas de aparcamiento, llenas de Rolls-Royce y de Mercedes, se encontraba el vehículo de Abdallah: un Lamborghini negro, bajo y alargado como una serpiente de acero que podía moverse a velocidades vertiginosas. El príncipe le abrió la puerta a Leila para que se acomodase en el asiento del copiloto.

Desde que Abdallah y sus hermanos salieron del palacio, se desviaron hacia las afueras de la capital saudí. Cuando habían salido ya de la ciudad, comenzaron una salvaje carrera de coches sobre las autopistas que surcan el desierto. La variedad infinita de las constelaciones podía verse bajo un cielo despejado. Leila se imaginó que le habían tendido una emboscada para violarla en algún escondrijo entre las dunas. Abdallah, notando su nerviosismo, le pidió que no tuviera miedo. Pisó a fondo el acelerador de su Lamborghini y adelantó al resto de sus hermanos. La misma afición por la velocidad que demostraba con los caballos se reflejaba en su manera de conducir. Mientras corría sobre el asfalto con la serpiente de acero, soltando chispas de sus ruedas, Leila sentía una mezcla de miedo y excitación. Sin embargo, aquellas carreteras del desierto poseían la ventaja de que, si el coche derrapaba, podía frenar sobre las dunas sin colisionar con objeto alguno. El príncipe Musa se le adelantó con su Ferrari Testarossa, como si quisiera desquitarse de haber perdido la carrera de caballos en los jardines del palacio. Los dos coches iniciaron una endiablada persecución sobre la autopista, cambiándose de carril a cada momento con audaces giros de volante. Leila rezaba para sí misma, deseando que la temeridad de aquellos príncipes no desembocara en un accidente mortal. Abdallah siguió acelerando y alcanzó los doscientos cincuenta kilómetros por hora. Consiguió que su hermano se quedara atrás hasta perderlo de vista. Cuando Leila pensó que ya no saldría viva de ese coche, Abdallah tomó una curva, fue disminuyendo la velocidad poco a poco y se desvió por una carretera que lo llevaría de vuelta a Riad. Aún seguía corriendo, pero tras aquellas audacias Leila ya se había acostumbrado a la velocidad. Llegó el primero a la mansión donde se celebraba la fiesta, lo cual significaba que había ganado la carrera a todas luces. Mientras Leila se bajaba del coche, el príncipe Musa llegó con su Ferrari.

–¡Tus hermanos y tú me debéis otro reloj de oro! –exclamó Abdallah hacia Musa, con jubilosa arrogancia.

Leila cruzó las puertas de la mansión junto a los dos hermanos. Nada más entrar en el vestíbulo, se quitó su abaya y se la entregó a un mayordomo para dejar al descubierto su vestido. Se trataba de un hermoso conjunto negro lleno de lentejuelas, que resaltaba sus curvas con un corte ceñido. Por un segundo, Abdallah la miró con lujuria apenas disimulada. Ella conocía el fasto del palacio real, pero el de aquella residencia no dejó de impresionarla. Bajo sus pies, en el vestíbulo, relucía un suelo de taracea de mármol, donde una serie de piezas rosadas, blancas, verdes y negras se combinaban para describir la forma de una rosa de los vientos. En el centro de aquel pavimento se alzaba una consola de caoba, con un voluminoso jarrón de cristal lleno de lirios blancos. Las paredes seguían una decoración de estucos árabes trabajados con versículos del Corán y motivos de ramas y flores, evocando los palacios de la España andalusí. En el techo de la estancia, varias lámparas doradas pendían de un fastuoso artesonado para rematar el conjunto. A través de un largo pasillo, un mayordomo los guió hasta los jardines donde se celebraba la fiesta.

En los jardines, los invitados conversaban bajo una columnata de mármol que se abría ante un terreno cubierto de hierba. Bajo la columnata se había dispuesto una barra donde varios camareros servían bebidas a los invitados, así como una serie de mesas circulares llenas de comida. Frente a las columnas, las grandes hojas de las palmeras se alternaban con las ramas de naranjos y limoneros floridos, que impregnaban el aire con el perfume de sus azahares. Leila se fijó en el aspecto general de los invitados. En su mayoría se trataba de príncipes que guardaban un parentesco lejano con la familia real y que vivían fuera de la corte, a los que se sumaban los herederos de las familias más ricas del país. Casi todos llevaban túnicas hasta los pies y chalinas en la cabeza, como las tradiciones saudíes mandan para los hombres. Solo algunos, los más presumidos, se permitían alguna variación sobre los atavíos tradicionales, como turbantes de colores diversos o largas camisas orientales de tonos dorados. Entre los hombres podían verse numerosas jóvenes sin velo, que lucían trajes de las grandes marcas de lujo occidentales. La belleza de casi todas abrumaba los ojos, pero Leila no parecía menos entre las demás. Cuando se dirigió a pedir una bebida, ella observó que había todo un cargamento de botellas de licores detrás de la barra, lo cual suponía todo un desafío a las leyes de un país donde beber alcohol podía castigarse incluso con la muerte. Según le explicó Abdallah, en las fiestas de la realeza se usaban con frecuencia botellas vacías para rellenarlas con un licor casero llamado sadiki, que se fabricaba de manera clandestina con zumo de frutas fermentado. Sin embargo, en aquella ocasión los vástagos reales apenas habían echado mano del sadiki, pues habían conseguido una buena partida de whisky, vodka, ron, tequila y otros licores, a través de un príncipe que había obtenido un cargo en la embajada saudí en Londres, gracias al hecho de que el rey había designado embajador a su padre. Cada vez que viajaba de regreso a su país, este príncipe introducía grandes cantidades de alcohol a través de las valijas diplomáticas, pues ni la policía ni los agentes aduaneros podían revisar las valijas. Su condición de príncipe lo resguardaba de cualquier denuncia, pues la familia real prefería vendarse los ojos antes que desatar un escándalo judicial con uno de sus herederos. Por otro lado, se rumoreaba que el embajador en Londres era un gran aficionado al whisky añejo, como los escoceses más rudos, y que el piadoso Alá no dudaría en premiarlo con una cirrosis para que siguiera bebiendo en el paraíso. De este modo Leila descubrió la hipocresía de las religiones, pues se dio cuenta de que los versículos del Corán no habían logrado que los hombres reprimieran sus deseos, sino que los desahogaran a escondidas. Se tomó a diminutos sorbos, muy despacio, un cóctel de vodka con zumo de arándanos y lima, pero le supo demasiado fuerte y amargo, así que tiró la mitad con disimulo sobre la hierba de los jardines.

Una hora y media más tarde, el alcohol ya había causado estragos en la concurrencia. Algunos príncipes, sentados en el suelo, se llevaban las manos a la cabeza, a la vez que otros decían disparates o se reían con sonoras carcajadas. Los más atrevidos estaban ya besuqueándose con las mujeres. Abdallah también notaba los efectos del alcohol, aunque no se tambaleaba ni decía nada que pudiera calificarse de absurdo. Leila comenzó a sentirse asqueada, pues la fiesta se había convertido en los prolegómenos de una orgía, pero sabía que no podía marcharse hasta que Abdallah quisiera. En ese momento, el príncipe la condujo hasta uno de los salones de la mansión, donde varios de sus amigos lo esperaban. Leila sospechó que allí se tramaban oscuras intenciones, pero le acompañó sin resistirse, pues sabía que la obediencia absoluta al varón formaba parte de su vida como futura concubina. Recordó los malos consejos de su padre y se preguntó si alguna vez él habría pensado realmente en todo lo que significaba el destino que le había preparado.

Cuando llegaron al salón, los amigos de Abdallah se habían sentado en los cómodos sofás de la estancia. Unos languidecían con las miradas ausentes, perdidos en su borrachera; otros hablaban casi a gritos y se reían de forma estruendosa, como los que se habían quedado en los jardines. Sobre una mesa baja de cristal humeaba un narguile. Sin embargo, aquel narguile despedía un olor más fuerte que de costumbre, pues en el quemador del aparato se consumía una porción de hachís. Leila conocía el aroma, pues en algunas ocasiones especiales había visto cómo su padre consumía hachís con amigos o invitados en su casa.

–¡Vaya! ¿Qué nos has traído por aquí? –le preguntó a Abdallah uno de aquellos sátiros musulmanes.
–¿Te la vas a follar esta noche? –le preguntó otro, todavía más directo.

Abdallah no respondió a las provocaciones. Le acercó el narguile a Leila para que le diera una calada. Ella no lo quería, pero no se sintió capaz de rehusarlo. No tardó en padecer los efectos del hachís, de modo que un cuarto de hora más tarde ya conversaba y reía con una locuacidad increíble, como los amigos de Abdallah. Un príncipe que se sentaba a su lado aprovechó la ocasión para pasar la mano detrás de su espalda y acariciar sus nalgas. Abdallah se había distraído conversando con otro de sus amigos. Si se hubiera dado cuenta, la reunión podría haber desembocado en una pelea de borrachos. Uno de aquellos príncipes se levantó del sofá, sin dar explicaciones, y se acercó a una cómoda arrinconada en una esquina del salón. Algunos ya sabían lo que buscaba. Cogió una bolsa de plástico sellada y volvió a sentarse.

–Atención: ha llegado la hora del polvo blanco –dijo a todos los que lo rodeaban–.

Acto seguido, esparció el contenido de la bolsa sobre una bandeja de camarero que había en la mesa. Todos comenzaron a sacar sus tarjetas de crédito para hacerse rayas de cocaína. La bandeja fue pasando por toda la mesa hasta llegar a Abdallah. Leila jamás había visto la cocaína y no quería probarla, pero Abdallah la presionó.

–Quedaría muy feo que no la probaras –le dijo en tono serio–.

El príncipe le hizo una raya con su tarjeta de crédito y un canuto con un billete. Ella aspiró toda la raya con varias inhalaciones, pues le daba miedo aspirarla entera de una sola vez. No tardó en sentir cómo un torrente de euforia subía a su cabeza. Abdallah, dominado por la misma euforia, la cogió bruscamente de la mano para conducirla fuera del salón, hacia uno de los numerosos pasillos de la casa.

–¿A dónde me llevas? –preguntó Leila.

De nuevo Abdallah no respondió. Abrió todas las puertas del pasillo hasta que dio con un dormitorio vacío. Leila se encontraba aturdida por la combinación de alcohol y drogas que había consumido aquella noche. Inconsciente de lo que sucedía, caminaba errática sobre las baldosas de mármol del pasillo, intentando seguir al príncipe. Se apoyaba en las paredes para no caerse.

–Estoy cansada… Quiero volver al palacio –dijo Leila–.
–Ven conmigo… Vamos a descansar –le respondió Abdallah con voz suave–.

En el dormitorio les esperaba una lujosa cama de baldaquino fabricada en estilo Luis XV. El príncipe descorrió los cortinajes estampados con dibujos de rosas que cubrían el lecho. Acto seguido, fue desabrochando el vestido de Leila por la espalda, botón a botón, hasta desnudarla por entero. Ella no opuso ninguna resistencia. Abdallah la besó y fue bajando con sus labios sobre su cuello y su pecho, dejando un húmedo rastro de saliva, hasta que hundió la nariz entre los senos para inhalar el aroma de su cuerpo. Le volvía loco. Por el contrario, Leila no sentía nada en absoluto: ni goce ni sufrimiento, ni pasión ni rechazo. Su aturdimiento la sumía en un estado cercano a la inconsciencia. El príncipe se detuvo en su vagina. Acercó su lengua y comenzó a lamer sus paredes vaginales como si se tratara de un alimento exquisito. Después se puso un condón e introdujo su miembro viril. Mientras la acometía con fuerza, el himen de Leila se desgarró. Una pequeña mancha de sangre se derramó sobre la colcha. Educada para llegar virgen hasta el matrimonio, ella no había conocido a ningún varón hasta aquella noche. Cuando notó cómo sangraba su vagina, recobró la conciencia de lo que estaba sucediendo.

–Déjame… Déjame… –le pidió con voz susurrante–.

Él decidió callarla con un beso, para que no sobresaltara a nadie con gritos o sollozos. La había incitado a probar las drogas sólo para violarla. Al día siguiente lo contaría como una hazaña delante de sus hermanos y sus amigos. En el silencio del dormitorio se escuchaban, como rumores tenues, las voces de los invitados que cruzaban el pasillo. La fiesta seguía su curso, como la vida. Leila pensó, una vez más, que debía soportar todo aquello si quería disfrutar de los privilegios de las concubinas o las esposas reales. Los consejos de su padre acudieron a su memoria. Una furtiva lágrima resbaló sobre su mejilla, mientras su mirada se perdía en la oscuridad.

Después de la violación, Abdallah cambió del todo su conducta con Leila. Había comprobado que podía abusar de la joven a su gusto, aprovechándose de su ingenuidad y de su falta de experiencia. Le prometió matrimonio si demostraba sus cualidades como esposa durante algún tiempo, aunque realmente no deseaba casarse con ella. Ya no se mostraba delicado y galante, sino que la trataba con frialdad e incluso con violencia. Le ordenaba fregar el suelo de rodillas en vez de usar una fregona. Pedía con frecuencia que le trajera comida a su habitación: nada más probarla, se quejaba de su mal sabor y tiraba el plato al suelo con un golpe de furia, para obligarla después a limpiarlo todo. Otras veces descargaba con ella sus malos humores: si Leila se atrevía a quejarse o replicarle, enseguida le daba una bofetada con la mano resuelta. Leila callaba y sufría, con la esperanza de casarse algún día con el príncipe y obtener los derechos de una esposa real. En su fuero interno, ella buscaba justificaciones absurdas para la conducta de Abdallah, como el temperamento natural de los hombres o el desasosiego que le causaban las intrigas del palacio. Procuraba convencerse a sí misma de que estaba haciendo lo correcto, de que Alá y su profeta bendecían el camino de las mujeres abnegadas y obedientes, pero el cinismo que se respiraba en la corte había minado la base de sus creencias religiosas. Día tras día, la vida le demostraba que toda su educación había consistido en una mentira formidable, en una espesa venda que le cubría los ojos. Llegó a sentirse aprisionada entre los cortinajes del palacio, esclava en un país donde se trataba mejor a los caballos purasangre o a los halcones de cetrería que a las mujeres.

Unos meses más tarde, el príncipe empezó a cansarse de su relación con Leila. Su actitud abnegada y obediente le aburría, pues todo resultaba demasiado previsible con ella. Nada tenía que ver con las concubinas habituales en la corte: mujeres nacidas en familias ricas, acostumbradas a someter a sus amantes a la férula de su orgullo y sus caprichos. Mientras veía cómo el interés del príncipe menguaba, Leila comenzó a insistirle en que cumpliera su promesa de matrimonio. Pero Abdallah no estaba dispuesto de ningún modo a casarse, pues en Leila sólo había buscado una amante de la que pudiera librarse en cualquier momento. Leila habló con el príncipe Musa, para que lo convenciera de casarse con ella, pero Musa se negó a intervenir en los asuntos personales de su hermano. La joven, cada vez más desesperada, llegó a solicitar una audiencia con el monarca saudí para relatarle su caso, suplicándole que obligara a su hijo a cumplir la promesa de matrimonio. Tras dedicarle algunas palabras hipócritas de consuelo, el rey le dijo que no podía acceder a sus pretensiones, pues en su caso no se había celebrado, como requiere la jurisprudencia islámica, una ceremonia solemne de esponsales, en la que el novio debía recibir el permiso de la familia de la novia para casarse con ella.

Cuando Abdallah supo que Leila había pedido una audiencia con su padre, se dio cuenta de que la joven emplearía todos los medios imaginables para forzar el casamiento, de modo que se había convertido en una amenaza para sus intereses. Por lo tanto, su maquiavélica imaginación debía pensar cómo deshacerse lo más rápido posible de Leila. Hacía dos meses que el príncipe Musa se había casado con la heredera de una familia dedicada a la importación de alimentos, para fortalecer sus vínculos con el mundo empresarial del país. La idea de Abdallah consistía en que la mujer de Musa presentara una denuncia falsa contra Leila por haber cometido adulterio con su marido. Gracias a sus contactos en el gobierno y en la judicatura, los dos hermanos podían asegurarse de antemano el resultado final del proceso. Los jueces condenarían a Leila a morir apedreada, según las normas del Corán. En cambio, Musa sería sentenciado sólo a recibir un cierto número de latigazos, con la ventaja de que su padre, el rey, no dudaría en firmarle un indulto para dejarlo sin castigo. Abdallah se reunió con su hermano para comentarle sus planes. Al comienzo Musa no se mostró convencido, pues la idea de someterse a un proceso judicial, por más que supiera de antemano su resultado, no le agradaba en absoluto, dado que lo exponía a las malas lenguas al menos una temporada. Sin embargo, como buen estratega, Abdallah conocía de sobra el punto más débil de su hermano: su afición por los caballos de raza. Le juró a Musa que, si se prestaba al montaje, le regalaría un purasangre que su hermano siempre había deseado para completar su manada. Se trataba de un caballo de ilustre linaje que pertenecía a Abdallah, pero que jamás había cedido a su hermano por orgullo. Finalmente, Musa decidió involucrarse en aquella conjura sin más condiciones.

El proceso se llevó a cabo como los dos hermanos esperaban. La mujer de Musa, siguiendo las indicaciones de su marido, presentó la denuncia de adulterio contra Leila. Gracias a una serie de falsos testigos que declararon en su contra, la joven fue sometida a una farsa judicial y condenada a muerte por lapidación. Nadie podría imaginarse el sufrimiento de Leila en aquellos días. Varias noches anticipó su muerte en sueños, imaginando cómo la chusma arrojaba piedras a su cabeza y la sangre empapaba sus cabellos hasta que su vida se consumía bajo una lluvia de golpes. Sin embargo, los planes de Abdallah y Musa no se consumaron del todo gracias a un detalle imprevisto: el rey intervino en el asunto conmutando la pena de lapidación por cien latigazos, pues le habían llegado rumores sobre la conjura que habían tramado sus dos hijos. Para evitar más escándalos en la corte, los jueces ordenaron que la sentencia se ejecutara en La Meca, donde Leila había nacido. Un furgón de policía se encargó de trasladar a Leila de vuelta a su ciudad natal, en un largo viaje por carretera a través del desierto que duró más de ocho horas.

El día de la flagelación, un sol de plomo descendía sobre las calles de La Meca. Leila sentía un miedo indecible. Atrás habían quedado los temores a la muerte, pero sabía que los cien latigazos se clavarían en su carne como agujas de esparto. El verdugo comenzó su trabajo. Contó hasta cien de manera impasible. Leila también contó los cien latigazos para sí misma, pensando que cada vez le quedaban menos. Una vez acabada la tortura, la joven se tendió en el suelo sobre un charco de sangre. Apenas podía sostenerse con sus manos para no desfallecer del todo. En aquel momento vio cómo un extranjero se acercaba a ofrecerle ayuda. Se trataba de Anacarsis.

(Fragmento del capítulo VII de la novela Un cabaret en Islandia)

viernes, 21 de julio de 2017

Un cabaret en Islandia (capítulo X)

Vista nocturna de Ciudad de Guatemala.


X


El barco tomó rumbo hacia el golfo de Guinea. La convivencia a bordo seguía ajustándose a las costumbres establecidas. El grupo de viajeros no se mezclaba más de lo necesario con los marinos y, aunque la calma reinaba después de algunos incidentes, los unos y los otros se miraban con cierto recelo. Los marineros, en el fondo, no dejaban de considerar a aquel grupo inusual y variopinto como unos intrusos que habían alterado el régimen de vida habitual en el barco. La vida en alta mar, con sus privaciones e incomodidades, agría fácilmente el carácter de quien debe sufrirla durante largos periodos, de forma que la aparición de cualquier molestia más allá de lo habitual se convierte en intolerable. Por este motivo, el mal genio y las rudas maneras de la tripulación disgustaban a los viajeros, pues temían que su grupo, en el que se reunían mujeres, homosexuales, negros, árabes o judíos, se convirtiera enseguida en el blanco de sus odios. Sabían que los marineros, en el fondo, pertenecían a la misma clase que todos ellos, la de los hombres y mujeres que se ganan la vida como pueden cada mañana, pero también sabían que los oprimidos a menudo reproducen con sus iguales, de forma inconsciente, la dialéctica de los opresores. Pese a todo, el aplomo de Anacarsis y Larry, que habían sabido ganarse el favor del capitán, mantenía el orden a bordo en todo momento.

Una noche a bordo, Alí tuvo un sueño tan lúcido como turbador en su camarote. Desde que había abandonado Siria y su guerra, dormía con más o menos sosiego, pero algunas veces la memoria de su pasado cobraba la forma de pesadillas, como un fantasma que de vez en cuando lo visitaba a través del subconsciente. Soñó que había retornado a su infancia, cuando apenas contaba siete años. Era un niño flaco, de apariencia ligeramente desvalida, que jugaba a la pelota en una plaza de su barrio natal de Homs con los hijos de sus vecinos. Poseía mucha menos destreza para el fútbol que sus compañeros de juego, quienes dominaban los giros, los pases y los regateos con facilidad pasmosa. No se explicaba cómo aquellos niños realizaban con absoluta naturalidad aquellas coreografías con la pelota, como quien se lava los dientes o pasa las páginas de un libro. Le parecía como si un genio maléfico moviera las piernas de los otros con hilos invisibles, regocijándose mientras causaba su envidia y su desconsuelo por no saber moverse de aquella manera. Sin embargo, de súbito se dio cuenta de que su envidia consistía en una absurda ilusión: aquellos niños jugaban al fútbol con habilidad porque les apasionaba, pero él jugaba sólo por la fuerza de la costumbre, para que nadie lo tachase de raro o de solitario. Su corazón y su cabeza se inclinaban hacia otros intereses: le gustaba más observar en silencio las yerbas y los insectos que vivían en los solares de su barrio. Se apartó del juego y se quedó solo y callado en una esquina, mirando embelesado la marcha de un ejército de hormigas que acarreaban migajas de pan hacia su hormiguero, al que entraban desde una mínima oquedad abierta a ras de suelo en un muro de ladrillos. La naturaleza, incluso en sus manifestaciones más humildes, le ofrecía un mundo mucho más interesante que el fútbol. En la naturaleza nadie ganaba ni perdía: todas las criaturas se abrían paso a través de caminos diferentes, a cada cual más inesperado y asombroso. Mientras miraba el partido con indiferencia, recordó que el azar o el destino los separaría a todos, como semillas de vilano esparcidas en el viento, y que no volvería a saber jamás de aquellos niños que corrían y gritaban ufanos en la plaza, como en efecto había sucedido en la realidad. En ese momento el capitán de su equipo, con andares altivos y ceño iracundo, se acercó al muro junto al que Alí se había distraído y le reprochó que hubiera abandonado el juego. Alí se excusó diciendo que se sentía mal del estómago y no podía continuar jugando.

–¡Eres un flojo! –le echó en cara el capitán– ¡No volverás a jugar con nosotros!
–¡Flojo! ¡Flojo! –repetían a coro los niños del equipo contrario.

Sin embargo, todos callaron cuando un ruido atronador inundó el ambiente. La silueta de varios aviones de guerra se perfilaba sobre los edificios del barrio. Aunque Alí no había vivido la guerra de Siria en su infancia, sino en su edad adulta, muchos años más tarde, las imágenes y los pensamientos de varias épocas de su vida se mezclaban en el sueño de una forma en apariencia arbitraria, pero que obedecía a las profundas razones del subconsciente. Los aviones arrojaron bombas sobre la ciudad y todos los niños corrieron a esconderse donde pudieran. Alí se refugió en el portal abierto de un bloque de pisos, agazapado en el hueco que había debajo de una escalera. Desde su escondrijo le sorprendió el estallido más fuerte que había escuchado en su vida, sacudiendo sus tímpanos como parches de timbales. Después de unos minutos de silencio, comenzó a escucharse un coro difuso de voces y lágrimas entre olores de polvareda y humo. Alí se orinó de miedo sobre sus piernas. Miró de reojo hacia la calle, desde el hueco de la escalera, y descubrió que una bomba había caído muy cerca, en la manzana de enfrente, situada a pocos metros del edificio. Había descargado su metralla asesina sobre otro bloque de pisos, reduciéndolo a escombros. Todas las ventanas de los edificios vecinos se habían quebrado como si estuvieran hechas de celofán. Muchas puertas se habían desgajado al momento de sus quicios, como si fueran de cartón piedra. El niño en que Alí se había transformado en aquel sueño se sintió más desvalido que nunca. La muerte había pasado rozando sus cabellos como una bala desviada. Encontrarse vivo o muerto dependía solo de estar en una u otra acera de la calle, de una casualidad ajena a todo sentido. Salió de nuevo a la calle. Comenzó a llamar a gritos a sus compañeros de juego, pero ninguno respondía. No sabía dónde se habían escondido, ni siquiera si estaban vivos o muertos. El sirio se despertó con ansiedad, sudoroso, y suspiró de alivio cuando se dio cuenta de que no se trataba más que de un sueño. Marta dormía tranquila a su lado, sobre el lecho del camarote. El barco apenas se movía, pues atravesaba una zona de calmas.

Alí se sentó en la cama con sumo cuidado, para no molestar el sueño de Marta. Se levantó para quitarse el mal cuerpo que le había dejado la pesadilla. Abrió la puerta del camarote despacio, la cerró sigilosamente y avanzó por el pasillo hasta la cubierta. Miró el cielo estrellado con la misma curiosidad y emoción que las hormigas de su infancia, como si gracias al sueño hubiera recuperado su original asombro por la naturaleza. Aquella noche de luna nueva las constelaciones se veían con una claridad meridiana. Salvo dos o tres, no conocía sus nombres, pero le fascinaban sus líneas semejantes a rosarios luminosos. Una estrella fugaz atravesó el espacio de la noche y se perdió en el infinito. Alí deseó que su viaje no fuese en vano, que la felicidad que había conseguido en los últimos meses como un milagro durase el resto de su vida. Anduvo algunos pasos con la mirada absorta en el cielo, hasta que se tropezó con Anacarsis, que había salido a fumarse un cigarrillo en la cubierta. El joven inglés le invitó a un cigarrillo y el sirio le contó el sueño que había tenido sin muchos detalles.

–¿Puedo hacerte una pregunta? –le pidió Alí.
–Dime –respondió Anacarsis–.
–¿Por qué has hecho este viaje? Los hombres como tú, los que nacen ricos y privilegiados, no suelen embarcarse en estas aventuras. Se dedican a gastar su fortuna sin pensar jamás en la suerte de los otros.
–No sé qué ganaría haciendo lo mismo que los demás, salvo un poso de amargura y aburrimiento. Mis conocidos y amigos de Londres piensan que me he vuelto loco, que estoy jugándome la salud y la vida sin ningún motivo razonable, pero yo me siento más feliz que nunca. Si buscara la aprobación de los demás a todas horas, malgastaría mis años como un miserable, imitando vidas ajenas en vez de llevar la mía.
–¿Sabes? En cierto modo me sucedía algo semejante en la infancia. Cuando me alejaba de los partidos de fútbol de mi barrio para quedarme embelesado con las hormigas, sentía que en el fondo estaba haciendo lo que realmente deseaba. Había encontrado una vocación. Y la opinión de los demás no importaba nada comparándola con esa vocación, con esa alegría interna que nadie comprende salvo uno mismo.

Mientras Anacarsis y Alí filosofaban sobre la libertad individual, Marta seguía durmiendo. Como todos los que se han enfrentado a vivencias traumáticas, ella también sufría pesadillas de vez en cuando. Soñó que se encontraba en el barrio de Ciudad de Guatemala donde vivía, un arrabal de casas de cemento desnudo y materiales de desecho que se apiñaban en los cerros de las afueras de la ciudad. Sobre el arrabal se había formado una masa de nubes plomizas, creando una atmósfera calurosa y húmeda que llegaba a todos los rincones: parecía como si las nubes fueran a descargarse en un fuerte aguacero, pero no se decidían a provocar la lluvia. Marta ejercía la prostitución en las calles del barrio, esperando a sus clientes en lugares más o menos concurridos. Las maras dominaban el barrio y sus criminales paseaban con absoluta impunidad, a menudo con sus armas en la mano. Entre las gentes que iban y venían, le pareció reconocer la figura del narco que la había violado. Se estaba acercando hacia ella para comprar sus servicios. Acordaron el precio y Marta lo llevó a su casa, escondida en un fétido callejón donde había que sortear los charcos para no mancharse los pies de fango. Un perro callejero pasó a su lado y les dirigió su mirada triste, como si presintiera lo que sucedería más tarde. Se acostaron en el jergón que Marta guardaba en su dormitorio. El narco fornicaba sin ternura ni respeto, con la misma violencia que formaba parte de su vida cotidiana. Marta se había habituado a la brutalidad animal de sus clientes, pero aquel hombre le inspiraba miedo. Marta le dijo que había pasado la media hora convenida según el precio y que debía terminar la faena, pero el narco no quería bajarse de la cama. Se había desatado la lluvia y sus enormes gotas caían sobre el techo de plástico y uralita con un ruido inclemente, como si se tratara de granizo más que de lluvia.

–¿Cómo te atreves a mandarme, puta? No sabes con quién estás hablando: con el jefe de la mara –le gritó con desprecio–.

La sujetó por el brazo derecho con su mano izquierda y por el cuello con la diestra. Marta miró con espanto sus brazos fornidos, llenos de tatuajes que indicaban su jerarquía en la mara y sus hazañas criminales. Él empezó a acometerla con furia desmedida: cada una de sus acometidas la desgarraba en lo más hondo. Pero en el sueño Marta no estaba dispuesta a que se repitiera lo mismo que había sucedido en su vida real, cuando la violaron aprovechándose de su indefensión. Ella recordó que había escondido un cuchillo bajo la almohada: movió el brazo izquierdo, que todavía le quedaba libre, hasta encontrarlo. Le clavó el cuchillo en el abdomen: él gritó como un puerco en la hora de su matanza. Se lo clavó tres veces más, hasta dejarlo muerto sobre la cama. Un hilo de sangre se derramaba sobre la blancura de las sábanas revueltas. Con serenidad escalofriante, Marta se levantó de la cama y se dirigió a la cocina con paso raudo. Tomó un hacha de cortar carne que guardaba en el cajón de los cubiertos y regresó al dormitorio. Le cortó la cabeza de un tajo a su violador y salió a la calle sosteniéndola en su mano, como Judith con la cabeza de Holofernes. En la puerta de la casa, la mostró delante de sus vecinos, que la miraban petrificados en su asombro. Entre las nubes, un rayo de sol dorado iluminó de súbito su rostro, como si el cielo hubiera aprobado su acción. Amainaba la lluvia que unos minutos atrás había comenzado. Marta se despertó con un extraño sosiego, mientras su marido abría la puerta del camarote.

–¿Dónde estabas? –le preguntó ella.
–No podía dormir y salí a fumar un cigarrillo.

Marta no le comentó nada a Alí sobre su pesadilla, pues no quería conversar de asuntos escabrosos. Aunque el pasado volviera algunas noches a través del subconsciente, prefería centrarse en el ahora y pensar en un futuro digno. Al fin y al cabo, salvo Anacarsis y Larry, todos los viajeros del grupo huían de su pasado con una agobiante urgencia, como si cada milla náutica de la travesía los alejara un poco más de los fantasmas que aún habitaban sus memorias.

(Fragmento del capítulo X de la novela Un cabaret en Islandia)

domingo, 16 de julio de 2017

Un cabaret en Islandia

Napoleón exiliado en Santa Elena. François-Joseph Sandmann.


Después de quince días de viaje, el barco arribó a la isla de Santa Elena. Fondeó en el puerto de Jamestown, la diminuta capital de la isla, donde se abasteció de algunas provisiones. Desde allí se divisaban las escabrosas peñas volcánicas de la isla, cubiertas de escasos hierbajos y matorrales, a cuyos pies se alzaba aquel pueblo portuario, donde las casas se encajaban entre algunos cultivos en el fondo de un angosto valle que descendía hasta la costa. Anacarsis, siempre deseoso de aventuras, convenció a toda la compañía de subir a la meseta donde se halla Longwood House, la vieja casa de campo donde Napoleón Bonaparte pasó sus últimos años de vida. Algunos miembros de la compañía, como Marta y Alí, hubieran preferido quedarse a descansar en Jamestown de las fatigas de la travesía, pero admiraban con reverencia la curiosidad infinita del joven inglés, que investigaba con denuedo sobre cualquier asunto que llamara su atención. Negociando con los transportistas locales, consiguieron que un microbús los llevara desde la villa portuaria hasta el paraje brumoso donde Bonaparte sufrió su destierro.

Después de una lenta subida por las sinuosas carreteras de la isla, el microbús los dejó en las inmediaciones de Longwood House. A diferencia de la zona costera, seca y abrupta, el paisaje se había convertido en una agradable meseta rodeada por suaves colinas, donde las manchas de bosque se alternaban con los prados. La hacienda, una modesta casa rural de estilo inglés, con un edificio principal y varias dependencias, distaba mucho del lujo de los grandes palacios que Napoleón había conocido en los días gloriosos de su imperio. Sin embargo, destilaba el encanto de las viviendas sencillas, con su jardín poco llamativo pero ordenado con gusto, donde los agapantos blancos y lilas crecían entre las araucarias y las palmeras. Anacarsis pensó que no le importaría exiliarse de manera voluntaria, para el resto de su vida, en un paraje como aquel, apartándose del ruido incesante del mundo y la perversidad infinita de los hombres. Sabía que Napoleón había sentido la humillación de la derrota bajo el techo de aquella casa, que en su fuero interno había maldecido mil veces cada peñasco de Santa Elena, pese a la dignidad y la entereza con las que asumía su destierro frente a los soldados ingleses que lo vigilaban. En cambio, a un viajero errante como él, que no había ganado ni perdido ninguna batalla, que sólo buscaba la sabiduría, semejante destierro le parecía en aquel momento la más hermosa de las bendiciones.

Toda la compañía entró en la casa para visitar las habitaciones donde se alojaba Napoleón. Una tras una, fueron pasando por las diversas estancias: el comedor donde almorzaba con sus criados, el salón donde mataba las horas de aburrimiento jugando al billar o el dormitorio donde se encontraba su lecho de muerte. El conjunto se conservaba con la pulcritud y el esmero que los ingleses dedican a sus lugares históricos. En un rincón sumido en la penumbra, Leila observó una arqueta de madera donde se guardaba la máscara mortuoria del general francés. Realizada en yeso, congelaba para la historia las facciones de un hombre consumido por las úlceras y las hemorragias estomacales que lo llevaron a la tumba. Su semblante insinuaba que había espirado el último aliento con un dejo de resignación y de cansancio, buscando la serenidad en el descanso de la muerte. Anacarsis acudió enseguida junto a Leila para saber qué había llamado su atención.

–¿De qué le sirvió hacerse el dueño de casi toda Europa? Sólo tardó unos años en perderlo todo –afirmó Leila–.
–Así pasan las glorias del mundo… –respondió Anacarsis con gravedad filosófica– El poder, esa droga de los ambiciosos, se pierde tan rápido como se gana, como un castillo de arena que se deshace con la marea. El mismo cuyo ejército asustaba a toda Europa, el mismo que había desafiado incluso a la Rusia de los zares, murió enfermo y olvidado entre el frío, la humedad y las ratas.
–Pero… ¡si esta casa parece de lo más agradable! ¿Era diferente cuando Napoleón vivía?
–Desde luego. El mobiliario es el mismo, pero las autoridades locales lo han restaurado y acondicionado todo, para dejarlo presentable de cara a los turistas. Cuando Napoleón vivía en esta casa, las goteras caían sobre los dormitorios y las ratas hacían agujeros en las cortinas y los libros. La humedad se volvía sofocante y malsana, favoreciendo los catarros y las pulmonías. La historia siempre guarda un final miserable para los más poderosos.
–Así nos recuerda que son tan humanos como el resto. Cuanto más alto se llega, más dura resulta la caída –aseveró Leila–.

Mientras el resto se había desperdigado por las habitaciones de la casa, los dos salieron a los jardines y siguieron conversando entre los macizos de flores. Era la una de la tarde y las nubes atravesaban el azul puro de aquel cielo con sus formas ingrávidas y blancas. Un vientecillo frío y húmedo, el mismo que disgustaba a Napoleón, azotaba el césped sin descanso.

–¿Qué opinas de la forma en que los ingleses trataron a Napoleón? –preguntó Leila–,
–No lo trataron demasiado mal, pero tampoco demasiado bien. Podrían haberle reservado un alojamiento menos insalubre. Los ingleses, ay… son un pueblo de piratas y contrabandistas que ha dado algunos hombres y mujeres excepcionales. Publican sus victorias a bombo y platillo, esconden sus derrotas hasta de los manuales de historia… y rinden culto a su monarquía con un papanatismo sonrojante. Admiro su cultura, pero me asquean su colonialismo y su orgullo nacionalista.
–¿No estás orgulloso de tu país? Eres un inglés muy raro.
–¡Qué tontería! ¿Por qué debería sentirme orgulloso de haber nacido por casualidad en un punto de la tierra? ¿Para menospreciar a los que no han tenido la suerte o la desgracia de nacer conmigo en ese punto? He caído en Inglaterra de manera tan azarosa como una bola de lotería que sale de su bombo, así como podría haber caído en Sudáfrica, en China o en Colombia. Por lo tanto, me limito a considerar mi país sin los prejuicios y las manías del nacionalismo, sopesando sus virtudes y sus vicios como lo haría con el resto. No sé dónde acabaré mis días, pero, si dejara de sentirme a gusto en mi tierra natal, no dudaría en coger las maletas y asentarme en cualquier otra que fuera de mi agrado.

Después de que todos los miembros de la compañía hubieran terminado la visita a la casa de Napoleón, el microbús que los había traído los llevó de vuelta a Jamestown, donde les esperaba el barco. Al día siguiente, la nave siguió su rumbo hacia las costas africanas, cargada con más provisiones, y los viajeros retornaron a las costumbres de a bordo. Se hallaban casi en la mitad del Atlántico sur, atravesando las corrientes oceánicas que suben desde la Antártida hacia el golfo de Guinea para luego bajar hacia las costas de Brasil, describiendo la forma de un rizo transparente sobre la masa de las aguas. Desde la intimidad de su camarote, Marta y Alí no dejaban de organizar planes de matrimonio, aunque se les presentaban innumerables dudas en cuanto a los pormenores de la boda.

–Deberíamos pensar en un día para casarnos –dijo Marta–.
–Nos casaremos en Islandia… Pero todavía es demasiado temprano para decidir una fecha. Antes deberemos hacer el papeleo necesario…
–¿Sabes? Me gustaría que nos casáramos antes de llegar a Islandia, en este barco –le confesó Marta a Alí–.
–¿En este viejo mercante roñoso, donde tantos mareos hemos pasado? –le preguntó Alí con extrañeza– ¿No preferirías un sitio más agradable para nuestra boda?
–Siempre soñé con cruzar el Atlántico en barco. Ahora que el sueño se ha hecho realidad, me gustaría aprovechar la ocasión para casarme.
–Pero… ¿quién va a casarnos?
–El capitán. ¿No sabes que los capitanes de barco pueden celebrar matrimonios?
–¿Y crees que se prestará a casarnos?
–Esta tarde voy a hablar con él.

Decidida a casarse en el barco, Marta habló con el capitán y consiguió su ayuda. Una semana más tarde, la boda se celebró en el salón comedor del buque, que fue decorado con guirnaldas de colores. El capitán lució su uniforme de gala. Los marinos mexicanos tocaron una versión de la Marcha nupcial de Mendelssohn con sus guitarras. La misma tripulación que había armado aquella ruidosa fiesta en el día de la gran tempestad, cuando un rayo casi golpea el barco, en ese momento guardaba un respetuoso silencio, mirando con emoción a Marta y Alí. Anacarsis, vestido con su traje de sastre londinense, leyó un discurso para la ocasión, ensalzando el carácter universal del amor, que había ligado a dos personas de orígenes tan diferentes, y deseando a los novios la mayor de las felicidades. Los cocineros del buque prepararon un menú especial que los siete amigos comieron con toda la tripulación: cazuela de atún con verduras guisadas, pollo al horno con salsa de cebollas y tiramisú de postre. Se brindó con vino blanco y tinto de Argentina, que los intendentes del barco habían comprado en Buenos Aires. No hubo platos de largas elaboraciones y raros ingredientes, pero a todos les pareció uno de los mejores almuerzos que habían probado en su vida, pues el caldo que se comía casi todos los días a bordo, desabrido y aguado la mayoría de las veces, sólo cumplía la función de mantener el estómago lleno. Mientras los comensales disfrutaban de aquella mesa bien servida, el barco se dirigía hacia la costa de Angola, donde llevaría a cabo su siguiente escala.

Pasados unos tres días de navegación, las costas africanas comenzaron a divisarse en el horizonte y arribaron al puerto de Luanda, la capital angoleña. El capitán aprovechó la escala para efectuar unas pequeñas reparaciones en la sala de máquinas del barco y abastecerse de frutas tropicales. Había previsto quedarse un par de días en Luanda, el tiempo justo para realizar aquellas tareas pendientes. Desde que se abrió la pasarela de salida del barco, Anacarsis y Larry se bajaron a darse una vuelta por la ciudad. Los marineros les aconsejaban que se cuidaran de ladrones y desaprensivos en las calles, pero los dos viajeros se reían para sí mismos de sus advertencias, pues en sus aventuras habían aprendido a no asustarse de casi nada. El paisaje no les resultó desconocido. Observaron cómo las zonas residenciales de lujo, donde vivían los altos funcionarios del gobierno y los trabajadores de cuello blanco de las multinacionales, se alternaban con barrios miserables donde los menesterosos se hacinaban en casuchas de latón y de uralita. Como en casi todas las capitales africanas, los vehículos se movían en todas direcciones sin orden ni concierto, creando un caos semejante al de un organismo que perdiera el sentido natural de la circulación de la sangre. En un momento dado, Anacarsis y Larry se detuvieron ante un edificio público que se estaba levantando cerca de las dársenas portuarias. Según rezaba un cartel clavado junto a la obra, aquel edificio minimalista, de aspecto megalómano y pretencioso, acogería las nuevas oficinas del ministerio de educación angoleño. Los obreros habían bajado de sus andamios para comer, así que Anacarsis y Larry se acercaron a preguntarles acerca de su trabajo.

–¿Para quiénes trabajáis? –preguntó Anacarsis.
–Para una multinacional de la construcción –respondió enseguida uno de los obreros–. El gobierno de Angola le ha adjudicado muchas obras: edificios, carreteras, canales… Los ejecutivos de la compañía sobornan a los funcionarios del gobierno y así ganan todos los concursos públicos. Es la misma historia de siempre: la corrupción. Algunos se llevan los beneficios mientras los demás nos quedamos con las manos vacías.
–¿Trabajáis en buenas condiciones?
–Ya nos gustaría. La compañía nos paga sueldos de miseria. Sus jefes de obra nos tratan casi como esclavos. Hacemos unas doce horas de trabajo al día, de lunes a sábado, con una pausa de una hora para comer. Cuando el calor se vuelve demasiado fuerte y no podemos seguir cargando más bloques de cemento, los jefes nos cubren de insultos y humillaciones. Entonces no nos queda más remedio que agotar nuestras últimas fuerzas y seguir trabajando hasta el final de la jornada. Hay que tragar y tragar como si comiéramos cemento. Ahora debemos marcharnos. La sirena para volver al trabajo sonará de un momento a otro.

Anacarsis y Larry se despidieron de los albañiles, agradeciéndoles el tiempo dedicado, y les prometieron que sus testimonios se incluirían de forma anónima, en el reportaje que preparaban para The Spectator. Callejearon un poco más, hasta llegar a la parte conocida como Cidade Alta, donde se situaban el palacio de gobierno y el parlamento angoleño, un edificio monumental de estilo neoclásico, del que sobresalía una cúpula rosada semejante a la del Capitolio de Estados Unidos, cuyos aires de grandeza no casaban con la realidad de un país herido por las desigualdades. Las residencias y los comercios de lujo proliferaban en torno a aquellas construcciones oficiales. Los dos amigos entraron en una suntuosa cafetería, decorada con mesas de mármol y sillas forradas de terciopelo. Pidieron un café: les cobraron tres dólares a cada uno por su consumición. Cuando salieron a la calle, en la puerta de la cafetería, la realidad les golpeó de nuevo: un hombre de cincuenta años que había perdido su pierna derecha, vestido pobremente, caminaba con dificultad apoyándose en dos muletas. Su presencia resultaba insólita en aquel barrio de lujo. Tal vez andaba implorando una pensión de incapacidad entre los organismos oficiales o sencillamente había tomado un atajo para llegar a otro punto de la ciudad. Se acercó a pedirles una limosna en portugués.

–La voluntad, por favor –suplicó con una voz derrotada, como si hubiera perdido hasta el deseo de seguir viviendo–.

Anacarsis dejó caer un par de billetes en su mano. Aprovechando sus conocimientos de idiomas, se decidió a preguntarle algunas cuestiones sobre la situación de Angola y sobre su propia vida.

–Caballero… si no le falto al respeto, quisiera preguntarle cómo se ha quedado usted así. Soy periodista y estoy escribiendo un reportaje sobre las zonas más deprimidas y peligrosas del mundo.
–Su pregunta no me ofende en absoluto. En Angola, cuando la gente se cruza con alguien que ha perdido un brazo o una pierna, ya se imagina que se trata de una víctima de las minas antipersona. Se dice que en el país viven unos cien mil amputados a consecuencia de las minas, lo cual supone la cifra más alta del mundo. Como usted sabrá, este país todavía sufre las consecuencias de una guerra civil que duró la friolera de veintinueve años, desde 1975 hasta 2002. Y, aunque el gobierno proclamó oficialmente que la guerra había terminado en esta última fecha, los guerrilleros que formaban uno de los bandos tardaron casi una década en entregar sus armas, de modo que el país no se pacificó de verdad hasta mucho más tarde.
–Pero… ¿cuáles fueron las causas de la guerra? En Europa casi no se habla de estas cosas, así que me gustaría saberlo –preguntó Larry–.
–En Europa no se habla porque no interesa. Las vergüenzas de los amos del mundo se cubren con un espeso manto de silencio. Se trata de una larga historia. Sentémonos en el banco más cercano y se la contaré en detalle.

Se sentaron en un banco que había en la misma calle, a pocos metros de distancia, y el angoleño comenzó su relato.

–La guerra de Angola, querido amigo, fue la secuela más atroz de la guerra fría. Se enfrentaron tres grandes partidos que luego se transformaron en guerrillas: el Frente Nacional para la Liberación de Angola, el Movimiento Popular para la Liberación de Angola y la Unión Nacional para la Liberación Total de Angola. Abreviando, el FNLA, el MPLA y la UNITA. Cada ejército contaba con una o más potencias extranjeras que lo respaldaban, pero sus alianzas fueron cambiando con los años. A cada cual sus socios de guerra le ofrecían armas, asesores, mercenarios… en fin, todo lo que se necesita para una buena masacre. Comprenderá usted que las guerras civiles estallan sobre todo en los países débiles y sometidos a la influencia de los más poderosos, pues a nadie en su sano juicio se le ocurre tomar las armas contra sus hermanos o sus primos. En estos casos, las fuerzas que luchan sobre el territorio nacional se mueven como títeres al servicio de intereses extranjeros, y así sucedió en Angola.
–¿Y cómo empezó la guerra? ¿Cuál fue la gota que colmó el vaso? –preguntó Anacarsis.
–El asunto venía de atrás. En los años sesenta, el FNLA, el MPLA y la UNITA se enfrentaron al gobierno de Portugal para conseguir la independencia de Angola. Después de la Revolución de los Claveles, el gobierno socialista de Lisboa se comprometió a descolonizar el país y retiró sus soldados. Parecía como si la historia fuera a terminarse en ese punto, pero no había hecho más que empezar. Una vez que el enemigo común se había marchado, los tres bandos comenzaron a pegarse tiros entre sí, cada cual con el apoyo de sus aliados extranjeros. Como se trataba de un ejército comunista, el MPLA se había asociado con la Unión Soviética y Cuba. Por el contrario, Estados Unidos y el Congo respaldaban al FNLA, para luchar contra el comunismo y apoderarse de las minas y los pozos de petróleo de Angola. Por su parte, la UNITA recibía el apoyo de China, pues los chinos querían ganarse un aliado en África para combatir la influencia soviética en el continente. En este jaleo de guerrillas y alianzas, las ganancias de las armerías subieron como la espuma.
–Así funcionan todas las guerras: se trata del negocio de la masacre –sentenció Larry–. Algunos desalmados, haciendo gala de su astucia, convencen a los demás para que se devoren los unos a los otros, como ratas hambrientas en una despensa vacía. Mientras el pueblo muere, los desalmados se frotan las manos desde la retaguardia.
–Tiene usted razón, pero deje que le siga contando –repuso el angoleño–. El gobierno de Lisboa decidió entregar el país al ejército que hubiera tomado Luanda el 11 de noviembre de 1975. El MPLA se apoderó de Luanda en esa fecha y se hizo con el gobierno, pero el FNLA y la UNITA no aceptaron la nueva situación.
–¿Qué sucedió entonces? –preguntó Larry.
–A partir de ese momento, Angola se convirtió en una sucursal del infierno en la tierra. La UNITA rompió su alianza con China y desde entonces se asoció con Sudáfrica y con Estados Unidos en la sombra. En los años ochenta, las tropas del gobierno de Angola, con el apoyo de los soviéticos y los cubanos, derrotaron al FNLA en el norte del país, de forma que este ejército se acabó disolviendo. Ya solo quedaba un enemigo del gobierno, la UNITA, pero no se rendiría fácilmente. Coincidiendo con el gobierno de Ronald Reagan, los yanquis y los sudafricanos le aumentaron sus remesas de armas, de asesores y de mercenarios. De este modo la UNITA sembró el miedo y la devastación en buena parte de Angola. Sus crímenes aterraban a toda la población.
–¿Podrías hablarnos en detalle sobre los crímenes? –preguntó Anacarsis.
–En Angola ya no se habla demasiado sobre el tema, pues la gente sólo quiere olvidarse de un pasado terrible, pero los extranjeros deberían conocerlo. Hay un lugar llamado Cuito Cuanavale, en el sureste del país, donde se libró una de las batallas más duras, en el otoño de 1989, entre las fuerzas del gobierno y los guerrilleros de la UNITA. Gracias a los aviones de guerra soviéticos y a los soldados cubanos, el gobierno del MPLA logró la victoria. En los primeros años noventa se firmó un acuerdo de paz entre los dos bandos, bajo la supervisión de las Naciones Unidas. Se convocaron elecciones y el MPLA las ganó, pero la UNITA no aceptó el resultado y volvió a las armas. Había comenzado la última fase de la guerra.
–¡Madre mía! ¡Vaya novelón de espadachines! –dijo Larry, sorprendido.
–Ya no me queda mucho para el final de la historia –puntualizó el angoleño–. Las Naciones Unidas aprobaron un embargo de armas y de petróleo sobre la UNITA, pero ya se sabe que el mercado negro convierte los embargos en papel mojado. Para financiarse desde aquel momento, la UNITA recurrió a los diamantes de sangre. En los pueblos caídos bajo su dominio, los guerrilleros esclavizaron a miles de campesinos a punta de rifle, para que sacasen de las minas los diamantes en bruto. Luego las piedras se vendían o se cambiaban por armas en el mercado negro. La guerra no acabó hasta que Jonás Savimbi, el cabecilla de la UNITA, fue cosido a balazos por las tropas del gobierno. Mucho tardó en morir aquel viejo canalla. Desde entonces se abrió el proceso de desarme y los angoleños pudimos respirar tranquilos de una vez, aunque sin brazos o sin piernas en muchos casos. Ahora el único mal es la corrupción del gobierno.
–¿Hay algo que podamos hacer por usted? –preguntó Anacarsis.
–Cuenten la historia a todo el mundo, para que no se repita jamás una masacre semejante. No les pido nada más. Ahora debo marcharme y seguir mi camino. Voy a las oficinas de una asociación extranjera que ayuda a los refugiados. No espero ni una migaja de pan de los corruptos del gobierno.
–Le aseguro que contaremos la historia –dijo Larry–. Gracias por todo, buen hombre.

El hombre se levantó del banco y se alejó despacio con sus muletas. A paso lento, cansados, Anacarsis y Larry volvieron al barco para zarpar de nuevo. El enorme abanico de miserias humanas que habían visto a lo largo del viaje los hacía sentirse cada vez más desolados. Anacarsis tenía la sensación de que en Angola no vería nada que no hubiera visto en los demás países que había visitado. La banalidad infinita del mal, que convierte la violencia y el odio en hechos de la vida cotidiana, se repetía de un lado al otro del mundo como una galería de espejos teñidos de negro. El joven inglés no lograba explicarse el egoísmo brutal que abunda en la condición humana, esa capacidad aterradora que permite al hombre ignorar o contribuir al sufrimiento de sus congéneres incluso cuando lo descubre con sus propios ojos. Sentía una absoluta impotencia, una y otra vez, cuando la injusticia le salía al paso en cada escala de su viaje. No había olvidado jamás que vivía en un mundo lleno de imperfecciones, pero los males de la naturaleza, incluso en sus peores formas, como las epidemias o los terremotos, le parecían insignificantes si los comparaba con todos los que el hombre se causaba a sí mismo. Por lo tanto, la crueldad humana no podía considerarse una estrategia de supervivencia, pues al final acarreaba más problemas que ventajas a toda la especie. Aquel egoísmo insano, según razonaba, debía consistir en una enfermedad de la cultura, en un cáncer monstruoso que se desarrolla en el seno de la sociedad y se transmite de padres a hijos a través de la educación. Por un momento, se abrumó pensando en el estado general de miseria de la especie humana y en lo mucho que todavía le faltaba para alcanzar unas condiciones de vida realmente dignas, pese a todos los avances tecnológicos del siglo veintiuno. En cambio, Larry prefería suspender el juicio, renunciar a preguntarse por qué existe la maldad en el hombre, pues sabía que se trataba de una cuestión a la que ni siquiera los grandes maestros de la filosofía o de la ciencia habían dado una respuesta definitiva. ¿Quién era él, un oscuro periodista de Londres, para sentenciar sobre la condición humana? Al fin y al cabo, la supervivencia laboral había absorbido todas sus preocupaciones: el oficio de periodista había cambiado mucho en las últimas décadas, lo cual exigía adaptarse a los cambios con rapidez e inteligencia.

(Fragmento del capítulo X de la novela Un cabaret en Islandia)