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jueves, 10 de noviembre de 2016

Isla de ciegos

The Cloud and The Plastic Explosion (1967). Cartel psicodélico de Victor Moscoso.


Desde la terraza, se divisaba un vasto panorama: las luces nocturnas de la ciudad, cuyos hoteles y bloques de pisos semejaban termiteros iluminados; la avenida marítima, con sus palmeras, sus bares y su tráfago de gente; y la línea de costa, cuyas arenas y rocas daban a la oscuridad inmensa del océano, donde nunca cesaba el ruido sempiterno de las olas, que llegaban de alta mar, de lejanías ignotas, para deshacerse en infinitos cuajarones de espuma. Mientras se quedaba absorto, casi hipnotizado, con el vaivén de las olas, con su larga cantinela susurrante, que podía escucharse desde el hotel, situado en primera línea de playa, pensó: «¿Habrá, ahora mismo, en alguna parte, alguien que se encuentre como yo? ¿Un hombre solo y desorientado que haya recurrido a los oficios de una prostituta para calmar su soledad? Seguramente, muchos más de los que acierto a imaginar en este momento». Marina seguía durmiendo profundamente en la cama, ajena a las cavilaciones internas de Erasmo. Volvió la mirada hacia ella y se acordó del soneto Insomnio de Gerardo Diego: Las naves por el mar, tú por tu sueño. Dio un par de caladas más a su cigarrillo, hasta que Marina se despertó, cubrió su desnudez con un ligero camisón y salió a la terraza.

–¿Podría darle una calada? –le preguntó Marina.
–Sí, claro –respondió Erasmo–. Pero, ¿no te vas ya?
–No tengo nada que hacer ahora. Si no te molesto, ¿podría quedarme un rato?
–Sin problema. Creo que hay una botella de vino en el mueble bar. ¿Te apetece una copa?
–De acuerdo –aceptó Marina–. Pero, ¿no has bebido ya demasiado esta noche?
–Todavía no lo suficiente.
–¿Y para qué necesitas beber tanto?
–Tengo demasiados problemas que olvidar.
–Yo también. La vida no resulta fácil para nadie.
–Por favor, hagámoslo de nuevo. ¿Cuánto me pedirías?
–Esta vez no te voy a cobrar.

Y volvieron a rodar juntos sobre las sábanas de la cama, como si un caballo salvaje se ayuntara con una yegua descubierta en el monte, como si el fuego del sol se fundiera con la claridad fría de la luna. Se entregaron a toda clase de juegos libidinosos, hasta que, en un momento dado, Erasmo cogió de la mesilla de noche que había junto a la cama un estuche de plata, ricamente labrado con motivos vegetales, donde guardaba un puñado de cocaína. Derramó una pizca sobre los pechos de Marina, dándole forma de raya con una tarjeta de crédito, y acto seguido tomó un billete de su cartera y lo usó como canuto para aspirar el polvo de los Andes, el pálido veneno que habría de subyugar su mente y sus sentidos. Invitó a Marina a probar la droga: ella aceptó y ambos cayeron víctimas de una euforia salvaje. De repente, Erasmo, fuera de sí, comenzó a saltar sobre la cama como un niño travieso, pero con un frenesí desbocado, como si lo hubieran poseído los demonios. Buscó una navaja en una bolsa de mano y rajó con ella las almohadas, mientras Marina se desternillaba con una risa loca y furibunda. Para colmo de males, a Erasmo se le ocurrió poner música en aquel momento:

–¡Aquí hace falta rock and roll!

En el equipo de música de la habitación, puso lo primero que encontró al alcance de su mano entre los discos que había traído para el viaje: el segundo álbum de Led Zeppelin. Sonaron los primeros acordes de la canción Whole Lotta Love. La guitarra eléctrica de Jimmy Page atronaba en la habitación, mientras la voz de Robert Plant se desgarraba cantando una melodía sensual y aguda: I’m gonna give you my love, / I’m gonna give you my love… En un ataque de locura, Erasmo levantó una silla del suelo y la sacudió varias veces contra el piso, hasta convertirla en varios trozos de madera astillada. Habiendo ya destruido el objeto de su furia, sacó una botella de champán del mueble bar; la golpeó sobre una cómoda, partiéndola en dos mitades de las que saltaron diminutos añicos; y arrojó el casco hacia el techo, ensartándolo en el revestimiento de yeso que lo decoraba. La mitad inferior de la botella quedó en el suelo y la cómoda bañada en champán, mientras el casco rezumaba las últimas gotas de la bebida. Marina, bajo los efectos de la droga, seguía riéndose desenfrenadamente. Para culminar las hazañas de aquella noche con un final memorable, Erasmo se propuso destruir el televisor de la habitación, una flamante pantalla de plasma colocada frente a la cama: lo desenchufó, lo cargó hasta el balcón de la terraza, miró hacia abajo, para cerciorarse de que no pasaba nadie por fuera del hotel, y arrojó el televisor al vacío, de manera que se estrelló contra las baldosas del patio del hotel y se deshizo en fragmentos innumerables de vidrio, plástico y metal. Nada más escuchar el estrépito de la caída, semejante al que haría un aparador lleno de vasijas de porcelana al venirse abajo, dos camareros del hotel, alarmados, salieron al patio para averiguar qué había ocurrido y vieron a Erasmo reírse a carcajadas, en plena embriaguez de cocaína, en lo alto, desde la terraza de su habitación, mientras los pedazos del televisor yacían desparramados abajo, sobre las baldosas del patio. Sin embargo, ni el propio Erasmo sabía bien qué resortes había accionado la droga en su mente para cometer semejante vandalismo: quizás había pretendido emular, de forma inconsciente, a las estrellas del rock que admiraba, cuyas escandalosas anécdotas había leído en revistas musicales (no en vano Robert Plant solía arrojar televisores por las ventanas de los hoteles donde se hospedaba durante las giras de Led Zeppelin); quizá se trataba de una provocación salvaje, un deseo de volar por los aires el orden establecido, como las obras de los dadaístas; o, sencillamente, de una expresión incontrolable de su odio visceral hacia la caja tonta, a cuya estupidez atribuía buena parte de los males que sufría su país.

De inmediato, los dos camareros informaron de lo sucedido al gerente del hotel. Éste se presentó con un vigilante de seguridad en la puerta de la habitación de Erasmo, exigiéndole que abriera, so pena de llamar a las fuerzas del orden público para que lo arrestaran. Erasmo, con paso vacilante, abrió la puerta y el gerente pasó a la habitación. Una vez allí dentro, se quedó aterrorizado con el desastre que le sorprendió en el dormitorio: las almohadas rotas, una silla destrozada, una cómoda bañada en champán… y un casco de botella clavado en el techo. Marina, mientras, seguía tendida en la cama, desnuda y presa de un ataque de risa. Con una mezcla de ira y desconcierto, el gerente solo acertó a decir:

–Señores, voy a tener que llamar a la policía.

No obstante, Erasmo, pese a los efectos de la droga, tuvo la suficiente inteligencia para rebuscar en un bolso de mano que había traído, del que sacó un grueso fajo de billetes. Con el dinero en la mano, se acercó al gerente:

–¿Está seguro? Podríamos solucionar este asunto como buenos caballeros.

El gerente miró con ambición el fajo de billetes que sostenía Erasmo y guardó silencio por unos segundos antes de responderle:

–En ese caso, bastará con que usted y su acompañante abandonen el hotel mañana por la tarde. Buenas noches.

El gerente guardó el fajo de billetes en un bolsillo interior de su chaqueta, cerró la puerta y se marchó con el vigilante de seguridad como si nada hubiera ocurrido en aquella habitación, mientras Erasmo y Marina comenzaron a reírse de nuevo a carcajadas.

A la tarde del día siguiente, según lo convenido, Erasmo y Marina salieron del hotel callados, con aire de languidez y decaimiento. Parecían las sombras de aquellos dos que se reían sin límite la noche anterior: después de la euforia y el arrebato, la droga les había cobrado factura con una resaca de cansancio y melancolía. Caminaron pesadamente, llevando sus maletas, sin saber hacia dónde irían, y se sentaron en el banco de una plaza situada en las cercanías del hotel como dos indigentes, mientras las nubes pasaban sobre sus cabezas y las palomas revoloteaban en torno a sus figuras solitarias. No se les ocurría nada que hacer en aquel momento. Se sentían agotados, vacíos, absurdos: ni siquiera les quedaban fuerzas para buscar otro hotel donde alojarse. Ni siquiera tenían ganas de hablar el uno con el otro. Dejaron que la tarde fuera cayendo hasta que vino la noche, cuando se repusieron de aquel marasmo y decidieron buscar algún alojamiento.

–¿Adónde iremos ahora? –preguntó Marina.
–Supongo que tú regresarás a tu casa… y yo buscaré un nuevo hotel para continuar mis vacaciones.
–Me gustaría quedarme contigo, al menos hasta que termines tus vacaciones y vuelvas a la capital. En mi casa nadie me espera.
–¿Y tus clientes?
–Tú lo has dicho. No son más que eso: clientes.
–Como yo...
–No: tú eres algo más para mí.
–¿Qué soy para ti?
–Un amigo. Eres el único hombre con el que he pasado más de una hora en varios años.
–¿Sabes? Conozco un hotel no muy lejos de aquí. Está bien y creo que todavía tendrá habitaciones libres. Ven conmigo si quieres.

Erasmo y Marina cargaron las maletas y se dirigieron hacia otro hotel, situado también en primera línea de playa. Pidieron una habitación y pasaron la noche en calma, sin pisar la calle ni hacer ningún alboroto en el hotel, pues el desenfreno de la noche anterior les había quitado cualquier deseo de fiesta y bullicio. A la mañana siguiente, aún tumbados en la cama, comenzaron a repasar en común la historia de sus vidas.

–¿De dónde vienes? –le preguntó Erasmo a Marina.
–Soy rusa –respondió ella–. Nací en los suburbios de Moscú.
–Rusa… Me lo imaginaba por tu acento. ¿Cómo llegaste aquí?
–Es una larga historia… Estaba en el paro: por más que lo intentaba, no conseguía trabajo en mi país. Me presenté a una agencia para trabajar fuera de Rusia… y me dijeron que podían darme un puesto de camarera en España. Yo acepté, creyendo que mejoraría mi suerte… pero me tendieron una trampa. Me engañaron sin piedad. La agencia de trabajo escondía una mafia de trata de blancas. Me encerraron en un club de alterne y me obligaron a trabajar de sol a sol, como una esclava. Pero una noche llegó la policía, arrestó a los mafiosos que dirigían el club y pude marcharme de allí. Ahora trabajo como bailarina en el club nocturno donde nos conocimos, y como prostituta por mi cuenta. Recibo a mis clientes en el piso donde vivo.

Al principio, Erasmo sospechaba que aquella historia no consistía más que en una mentira creada por Marina para inspirar lástima a sus clientes, pero su mirada, sus gestos y el tono de su voz, que desgranaba su vida con sinceridad implacable, sirvieron para demostrarle que era tan real como la vida misma.

–Nunca imaginé que vinieras de un pasado tan difícil –dijo Erasmo, asombrado.
–Ya ves. Detrás de una apariencia normal, todos guardamos historias increíbles. Unas veces son maravillosas; otras, desgraciadas como la mía. Y, cuando vamos por la calle, nadie que nos vea se imagina que las hayamos vivido.
–A veces tengo la impresión de que vamos por el mundo con una máscara que disimula quiénes somos de verdad. Pero más tarde o más temprano, en algún momento, debemos quitárnosla para revelarnos tal como somos.
–Ahora que yo te he contado mi historia, cuéntame la tuya. Me gustaría saber algo más de ti.
–Como ya te he contado, nací en la capital de la isla, Villa Santiago. Mi vida carece de todo interés: monotonía y aburrimiento son las palabras que mejor la definen. Estudié en un instituto de la capital: era buen estudiante y pasé a la universidad. Me matriculé en ciencias económicas: mis padres me aconsejaron esa carrera para triunfar en la vida. Estudié, estudié y estudié. Se me pasaban las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio, como dice Cervantes de don Quijote, pero no leía novelas de caballeros andantes, sino manuales y temarios de las asignaturas. Terminé la carrera de economía con magníficas notas. Sin embargo, no sé casi nada de la vida. Me siento encerrado en esta isla: es como una fortaleza, una prisión donde no puedo hacer otra cosa que andar en círculos y lamentarme de mi aburrimiento. Quisiera marcharme de aquí cuanto antes.
–Te comprendo. Yo me sentía de forma parecida cuando la mafia me obligó a trabajar en un club de alterne. Quería salir de allí, pero no podía. Hasta que al fin, una noche, cuando menos lo esperaba, me liberaron.
–Yo sueño que algún día me liberen de esta isla.
–Pronto llegará ese día. Y serás tú quien se libere a sí mismo. Tienes dinero y puedes hacer lo que quieras con él.
–Es verdad: ahora tengo dinero. Hasta hace dos semanas, no era más que un parado cuyos ahorros comenzaban a agotarse. Desesperado, entré en un casino, aposté a la ruleta… y me hice con el premio gordo. A veces el destino da vuelcos impredecibles. En fin, ya no tengo derecho a quejarme.
–Puedo entender que tengas razones para quejarte. Todos atravesamos dificultades en la vida, pero nunca son las mismas para todos. Dime, ¿por qué no te sientes feliz?
–Por la soledad, Marina. Por ella me siento desgraciado. Mi soledad me duele todos los días, a todas horas, desde que abro mis ojos al despertarme hasta que los cierro para dormir. La siento en mi costado, como una punzada interminable, como un dolor infinito.
–Esa sensación me resulta familiar. Yo también he pasado sola mucho tiempo. Pero ahora no estamos solos. ¿Qué vamos a hacer hoy?
–Podríamos ir a la playa. ¿Te apetece?
–Sí. Me vendría bien tomar un poco de sol.
–Entonces… podemos salir de Las Arenas, a una playa salvaje donde ya he estado alguna vez. Te llevaré en mi coche. Creo que te gustará el sitio.
–De acuerdo. Llévame.

Se vistieron rápidamente y bajaron a los aparcamientos del hotel. Erasmo arrancó su coche, tomó una salida a la autopista del sur y puso rumbo a la playa salvaje que había nombrado a Marina. Aquél era otro día brillante: el sol ardía como un disco de hiriente blancura, mientras el océano multiplicaba sus reflejos solares. Después de conducir unos diez kilómetros, abandonó la autopista por una larga carretera que bajaba hacia la costa, y que se tornaba cada vez más sinuosa conforme se acercaba a la mar. Desde el asfalto podía verse la playa de rocas, breve y solitaria, escondida tras unas montañas costeras. Aparcó su coche en los alrededores de la playa y caminó con Marina hasta la orilla de la mar. Se bañaron entre besos y caricias, mientras el reflujo incesante de las olas envolvía sus cuerpos entrelazados. Salieron de las aguas y se tendieron sobre una roca negra para secarse bajo el sol. Cuando ya se había secado, Erasmo se acercó un momento al coche para coger algo. Volvió con dos pequeños trozos de cartón en la mano.

–¿Qué es eso? –le preguntó Marina, extrañada.
–¿Has oído hablar alguna vez del ácido lisérgico, el famoso LSD? –le respondió Erasmo con otra pregunta, en un tono de voz sugestivo y misterioso.
–Sí. Pero eso es una droga muy fuerte. ¡Estás loco si pretendes que la tome!
–Sí, es fuerte, pero no adictiva. Abre las puertas de la percepción. Si te relajas y la tomas conmigo, disfrutaremos de un viaje maravilloso. Te revelará todo un mundo que ni siquiera imaginas.
–Está bien. Pero quédate a mi lado mientras el viaje dure. No quiero volverme loca de miedo por las visiones que tenga.
–No temas. No voy a separarme de ti –le prometió Erasmo en tono dulce y bajo, casi susurrante, acercando la boca a su oído y sosteniendo su mano–.

Los dos consumieron la droga y media hora después, coincidiendo con el mediodía, comenzaron a sentir los efectos del alucinógeno. Erasmo vio cómo el paisaje se transformaba delante de su atónita mirada, hasta devenir un espejo del propio Erasmo, de la corriente de imágenes e ideas que guardaba en sus adentros. Las olas se convirtieron en llamaradas azules y blancas; el sol, en una rueda cubierta de fuego que giraba cada vez más rápida; las nubes, en ángeles de formas inestables que danzaban en corros; las gaviotas, en águilas de plumas fulgurantes cuyos gemidos sonaban como clarines; los cardones y tabaibas que crecían sobre las montañas costeras, en candelabros y antorchas que manaban de la tierra como surtidores. Y el cielo se había transfigurado en un lienzo donde brotaban y desaparecían manchas de todos los colores, como súbitas deflagraciones que estallaban para luego disiparse. Marina sufría percepciones semejantes a las de Erasmo:

–Erasmo, mira. Los cardones están en llamas.
–El fuego del mediodía baja hasta el fondo de la tierra y sube de nuevo por sus poros –le respondió Erasmo, enajenado y absorto en sus visiones–. Todas las cosas absorben y transpiran el calor de la vida.
–¿No tienes miedo a la muerte? –le preguntó Marina.
–Ahora me siento más vivo que nunca. Un dios habita en mí. Soy un dios bajo el fuego celeste del mediodía.
–Enséñame lugares desconocidos –le pidió Marina.
–No: tú has de guiarme en este viaje. Tú eres la madre de la luz y la sombra, la diosa de la unificación. Ahora vemos lo invisible: somos los únicos videntes en esta isla de ciegos.

(Fragmento del relato inédito Isla de ciegos)