Páginas vistas en total

domingo, 30 de diciembre de 2012

Notas (IV)

***
Retrato de Franz Schubert. Wilhelm August Rieder.

Sueño que estoy sentado en la sala de espera de un aeropuerto, en Madrid. La crisis económica ha arreciado tanto que no consigo trabajo en España, por más que lo busco, y debo emigrar a Estados Unidos, pues en la universidad de Chicago me han ofrecido una plaza de becario. Como todo emigrante, me debato entre emociones contrarias: por un lado, me entristece el hecho de verme obligado a alejarme de mi familia, de mi casa, de mi tierra natal; por otro, albergo la esperanza de comenzar una vida mejor en mi país de destino. De repente, miro a un hombre que está sentado a mi derecha y me doy cuenta de que tengo a mi lado a Franz Schubert (sí, al mismísimo Schubert), uno de mis compositores favoritos. Como no termino de creérmelo, le pregunto si él es el auténtico Franz Schubert, a lo cual asiente, y enseguida los dos trabamos conversación. Al hallarme ante una de las figuras esenciales de la historia de la música, la exaltación me invade; le declaro mi admiración ferviente por su música y le digo con entusiasmo: Gracias, maestro, gracias por haber creado tanta belleza. Le confieso que adoro sus impromptus para piano; que, de sus lieder, Der Wanderer (El caminante) es uno de mis favoritos; y que en alguna época de mi vida, en la que se adueñaron de mí el desánimo y la desesperación, llegué a sentirme identificado con el hastío de la vida que refleja este lied, una de cuyas estrofas dice: El sol aquí me parece frío, / las flores marchitas, vieja la vida, / y sin sentido lo que se habla; / yo soy un extranjero en todas partes. Él me mira con aire de sorpresa, como si no estuviera acostumbrado a recibir elogios tan encendidos como el mío. Me cuenta que la crisis económica también le ha obligado a emigrar; en su caso, para aceptar una plaza de becario en una universidad de Sudáfrica (generalmente, mis sueños abundan en detalles absurdos o inesperados). Le manifiesto mi deseo de entablar amistad con él, y, cuando ya quedan pocos minutos para que cada uno embarque en su avión, le miro fijamente y le digo, con los ojos empañados de lágrimas: Por favor, maestro, prométame que volveremos a vernos alguna vez. En ese momento, Schubert se queda silencioso, sin saber qué responderme, y yo desearía que el tiempo no corriera tan veloz. Pero con su mirada parece decirme que, a pesar de la distancia que habrá de separarnos, él también desea que nos encontremos de nuevo. En un papel, me anota la dirección de la universidad sudafricana donde trabajará como becario, para que le escriba una carta. Aunque para mis adentros dudo si estoy hablando con una aparición fantasmal o un hombre de carne y hueso, le prometo que cuando llegue a Chicago no tardaré en enviársela. Finalmente, antes de subir a nuestros respectivos aviones, nos despedimos con un cálido abrazo, como si fuéramos hermanos o hubiéramos mantenido largos años una profunda amistad. Termina así un sueño tan inusual como hermoso.

* * *

Dando una vuelta por el centro de La Laguna, me detengo asombrado en la calle de la Carrera, a unos pasos de la catedral, para fijarme en el espectáculo de un músico ambulante, impregnado de la belleza de las cosas humildes. Mientras toca un aire semejante a una sardana con una dulzaina, este músico maneja dos graciosas figuras de madera que representan una dama y un caballero, ataviadas con trajes antiguos y atadas con finísimos alambres a sus piernas. Dando leves golpes en el suelo, unas veces con el pie derecho y otras con el izquierdo, para accionar algún mecanismo escondido, logra que la dama y el caballero se muevan como si ejecutaran una danza. Como un niño, me quedo un rato mirándolo, preso del encanto que ejercen sobre mí, de manera simultánea, la música de la dulzaina y los movimientos ilusorios de la dama y el caballero. Me seducen el carácter ingenuo de las dos figuras, genuinamente populares, y la tonada que se repite sin descanso, como el estribillo de una vieja canción. En este momento, me parece como si recobrara el asombro ante lo nuevo que caracteriza la infancia, y que va menguando en el común de los hombres con el paso de los años.

* * *

Sueño que mi madre nos sorprende un día a toda mi familia y a mí trayendo a casa un tigre que ha comprado como animal de compañía. Se trata de un tigre joven, de tamaño medio: ni parece un cachorro ni alcanza la talla de un ejemplar adulto. Al principio, el tigre demuestra una insólita mansedumbre con toda la familia, como si fuera un perro doméstico en lugar de un felino salvaje: camina a su antojo por las estancias de la casa e incluso duerme conmigo en mi habitación, recostado en el suelo. Pero, en un momento dado, mi hermana se acerca a él para acariciarle la cabeza. Iracundo, el tigre lanza un rugido y le enseña sus fauces; ante esta reacción del animal, ella se aleja asustada. Acto seguido, la fiera se asoma a uno de los balcones de mi casa y se arroja al vacío de un salto; sin embargo, sale ilesa de la caída y siembra el pánico entre los viandantes, correteando de un lado a otro. En ese momento, aviso a mi madre para que llame a la policía, mientras deseo que el tigre hubiera muerto en su caída para que así dejara de traernos problemas. No obstante, lo más asombroso era la impresión de realidad que yo sentía en todo momento, desde el principio hasta el fin del sueño: por más extraña y absurda que pudiera resultar aquella situación, en ningún momento dudé si era real o ilusoria, sino que la percibía con la misma intensidad que si estuviera despierto. Ahora entiendo a Gérard de Nerval cuando dice, al comienzo de su novela Aurélie, que el sueño es una segunda vida.

* * *

Confieso que no dejan de admirarme quienes afirman que los estados de ánimo depresivos estimulan la creación literaria y en especial la poética, pese a la enorme frecuencia con que se ha asociado la figura del poeta a la melancolía desde el Romanticismo. Crear en esa situación psíquica me parece una tarea casi sobrehumana. En mi caso, la tristeza solo me ha alentado a escribir a posteriori: es decir, cuando desaparece y puedo contemplarla con la distancia suficiente para convertirla en materia de la escritura; pues nada me resulta más paralizante o disuasorio que cualquier aflicción o congoja a la hora de tomar bolígrafo y papel o sentarme a teclear palabras ante el ordenador.