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viernes, 12 de octubre de 2012

El acoso

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Monje a la orilla del mar. Caspar David Friedrich. Óleo sobre lienzo.

Todavía conservo fresca la memoria de los insultos y vejaciones que recibí en el instituto, desde que comencé el primer curso de secundaria hasta que acabé el tercero, cuando los alumnos de mi promoción se dividieron entre un grupo de ciencias y otro de humanidades: entonces, me decanté por el segundo y me tocó un afortunado cambio de clase que me alejó de mis hostigadores. Todavía recuerdo cómo, en aquel periodo de tres cursos, muchos compañeros me lanzaban miradas de menosprecio en los pasillos del instituto, por haberme caído en suerte la desgracia de ser el ave rara de la clase, el diferente a los demás. En aquellos momentos, solían susurrar algún comentario malintencionado sobre mí; yo me sentía herido en mi dignidad, pero me cuidaba mucho de guardar la compostura, manteniendo alta la cabeza y serio el semblante, como si aquello jamás hubiera sucedido, para no mostrar señales de flaqueza ante mis acosadores. Otras veces me insultaban a plena voz, achacándome una falsa homosexualidad o riéndose del sobrepeso que entonces padecía, cuando no mortificaban mi paciencia con otras bromas impertinentes. Me sisaron diversos objetos en momentos de descuido, cuando no podía vigilarlos, aunque nunca lograron robarme los de más valor, como la cartera o el teléfono móvil. Incluso en cierta ocasión un compañero llegó a chantajearme para que le prestara veinte euros, bajo la amenaza de que, si no se los prestaba, acudiría a la jefa de estudios para acusarme de una falta grave de conducta que yo jamás había cometido. Sabiendo que en ese caso mi palabra se enfrentaría a la suya, y temiendo que la jefa de estudios pudiera darle más crédito a él que a mí, acabé cediendo al chantaje. Por supuesto, jamás me devolvió el dinero prestado, con lo cual el préstamo se convirtió en robo. Huelga decir que mis compañeros me condenaron a una marginación casi absoluta; casi todos ellos me dieron la espalda, con lo cual terminé quedándome solo y pasé casi toda mi adolescencia sin amigos, inmerso en un profundo aislamiento. Todas estas agresiones solían ocurrir a espaldas de los profesores, en la impunidad que brindan los recreos o los pasillos.

De aquella improvisada cáfila de hostigadores, sobresalía mi enemigo acérrimo, un compañero de clase llamado M. Podría describirlo de manera rápida y concisa, a vuelapluma, como un repelente niño burgués. Nacido en una familia de clase media–alta santacrucera, padecía los síntomas del quiero y no puedo: ese complejo de inferioridad por el cual ciertas familias de clase media desean aparentar que pertenecen a la clase superior. Miraba a los demás por encima del hombro, salvo a unos pocos elegidos a los que consideraba sus amigos, y solía jactarse de su condición de miembro del club náutico de la capital, una sociedad que apenas disimula sus ínfulas elitistas, y de la que formar parte se ha considerado siempre como signo de distinción entre la rancia burguesía capitalina. Buen estudiante, solía obtener calificaciones altas, pero las mías destacaban más aún que las suyas, lo cual despertaba en él una rivalidad inconfesa y una malsana envidia. Por esta razón, en el instituto no perdía ninguna ocasión para humillarme, fuera de obra o de palabra, con intenciones destructivas. En las conversaciones habituales entre los compañeros, cuando surgía el tema de las profesiones a las que nos dedicaríamos en el futuro, yo solía comentar mi deseo de estudiar bellas artes. M., entonces, me replicaba malévolo: te vas a morir de mierda, para dar a entender que, si yo elegía una carrera artística, terminaría malviviendo en condiciones lamentables. Una vez más, salía a escena el mito decimonónico del bohemio famélico y andrajoso; la célebre definición del arte, consagrada en un chascarrillo popular, según la cual consiste en morirse de frío, y que citan a menudo las mentes cerriles que ignoran la decisiva importancia del arte para el hombre. En otra ocasión, en una clase de tutoría, me describió en público como una persona egoísta e insolidaria, con afán de denigrarme, cuando sus palabras no podían hallarse más lejos de la realidad: sin ánimo de alabarme, debo decir que me distinguía por mi talante servicial, pues carecía de reparos a la hora de ayudar a los demás y siempre resolvía las dudas sobre las tareas de clase que acudían a preguntarme. También recuerdo claramente cómo un día, en una clase de religión, me acusó de ser homosexual ante el profesor y todos mis compañeros en un lenguaje tabernario, llegando a afirmar, en tono chulesco, que yo disimulaba mi supuesta homosexualidad por cobardía. Como cabía esperar, nadie salió en mi defensa; todos mis compañeros de clase callaron como tumbas en ese momento. Para colmo de males, el profesor, un cura de una parroquia cercana al instituto, no le otorgó importancia alguna a lo ocurrido; en ningún momento reprendió a mi acosador y se limitó a decir que la homosexualidad era un rasgo habitual de los artistas, pues yo había ganado cierta fama de niño prodigio en el instituto por mis habilidades para el dibujo. Así me colgaron el sambenito de homosexual sin que realmente lo fuera. Ardiente de rabia por la humillación sufrida, sentí deseos de responder con las manos a las ofensas de M., pero me abstuve de hacerlo, pues bien sabía que, si le respondía de esta forma, él adoptaría enseguida el papel de víctima inocente, de manera que se colocaría en una posición de ventaja para seguir humillándome. Y la reacción del cura, años más tarde, avivaría en mí un profundo rechazo a la iglesia católica.

Para desgracia mía, el rosario de vejaciones sufridas a lo largo de tres años no resbaló sobre mí como la lluvia sobre un impermeable; no dejaría de notar su peso hasta muchos años más tarde, como un lastre del que no conseguía desprenderme. Largos años padecí un terrible sentimiento de inferioridad y una timidez rayana en la fobia social, de los cuales todavía me quedan algunas secuelas psicológicas. Pensaba que mi valor como persona se mantendría siempre inferior al de quienes me rodeaban. Sufría de nervios e incluso de ansiedad cuando tenía que dirigirme a cualquier persona que no formara parte de mi familia, pues me asaltaba un temor infundado a que alguien se burlara de mí en cualquier momento, por motivos tan absurdos como mi forma de andar o de gesticular, cuando nada había de anómalo en ellas. Imaginaba que los demás me verían como una persona rara o anormal, una más de las que terminan marcadas a fuego, como si les hubieran aplicado un hierro candente sobre la piel, con los estigmas de la incomprensión y el rechazo. Cada vez que me relacionaba con los demás, temía que se repitieran el hostigamiento y la marginación, y ese miedo cerval aún me acompaña algunas veces. Pero las experiencias más amargas fueron para mí la soledad y la falta de amigos, que he percibido siempre como un verdadero infortunio, como una angustiosa carencia que todavía no he logrado colmar del todo. Ahora, muchos años más tarde, cuando vuelvo mis ojos atrás, descubro quiénes eran en verdad aquellos indeseables compañeros de instituto: una jauría de lobos despiadados que necesitaban elegir una víctima indefensa y atacarla con el fin de conjurar sus miedos e inseguridades; un rebaño de bestias humanas donde la violencia corría pareja con la estupidez.

sábado, 6 de octubre de 2012

Un poema de Kostas Psarakis

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Crónica

Como poetas corremos peligro en los precipicios.
La montaña que normalmente se eleva desde el norte a mil metros
se precipita de golpe en el mar del sur.

Muchos kilómetros escarpados precipicios…
Enormes rocas pétreos arcontes
con la mar cual esclava a sus pies.

Por entre los frisos soplan los vientos eternos
que nos entorpecen confundiendo nuestras cuerdas
Hallamos los antiguos senderos
en mitad del caos
aquí donde aprendieron a no tener miedo
los montañeses.
Encuentro señales de hombres valerosos
que se distinguieron
en estos difíciles parajes, refugios de águilas
que no ensucian sus garras en la tierra.
Hallamos los refugios de los razonamientos
que ya no pueden vivir
con los hombres.

Cuando la luna sale
nos detenemos en las orillas del tiempo.
Mientras nuestro corazón aguante.
No nos quedamos mucho en las fabulosas playas de la memoria
que están hechas
de luz de luna y olvido.

Allí donde se escuchan
las olas del tiempo
en la noche y el silencio.

Este sonido es la canción de la noche.
Las palabras secretas de los vientos en lugares desiertos.
Ésta es la flor de la luna que es a la vez el mañana y el ayer.

Ésta es la canción de la noche.

Las palabras secretas de la belleza insoportable.
Partimos. Nuestro corazón no aguanta.

Tenemos prisa.
Amanece un día laborable.

(Traducción: Mario Domínguez Parra)

Nota biográfica

El poeta griego Kostas Psarakis nació en 1957 en el pueblo de Járakas, a los pies de Asterusia (en el sur de Creta, a 38 kilómetros de Iraklio), donde vive y trabaja como profesor de matemáticas en el pequeño instituto provincial de Asimi. Ha escrito los libros inéditos Formas del tiempo (Morfés tu jronu, 2006), Los cuadernos de V. K. (Ta tetradia tu B. K., 2010) y El capitán Perdikis y los sentimientos de muerte (O Kapetán Perdikis ke ta syneszímata zanatu, 2012). Algunos de sus poemas se han publicado en antologías, como Núcleo poético (Piitikós Pyrinashttp://ppirinas.blogspot.com.es/, una antología de la editorial Endymión, 2012), y en revistas en la red. Este poema pertenece a su libro Formas del tiempo. Mantiene un blog: http://psarakis-k.blogspot.com.es/.