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domingo, 29 de enero de 2012

Las razones del corazón

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En la mañana de Nochebuena, salgo a dar un paseo, como de costumbre. En los últimos meses, caminar por toda la avenida marítima, escuchando música a través de mis auriculares y meditando sobre pensamientos más o menos agradables (por ejemplo, la idea de una futura estancia en Inglaterra), se ha convertido en una de mis distracciones favoritas. Cuando recorro un largo trecho a solas, bajo los grandes laureles de Indias centenarios que sombrean la avenida, inhalando su aroma balsámico, todas mis inquietudes se calman y siento un profundo sosiego. Allí, en la avenida marítima, me encuentro con un artista callejero, un dibujante que muestra sus obras tendidas en el suelo de la calle. Parece extranjero; por su cabello rubio y su tono de piel, entre rosado y pálido, sospecho que tal vez proceda de algún país eslavo. Sus dibujos me recuerdan mucho al art brut o arte marginal: un arte elaborado fuera de los ámbitos oficiales de la cultura por individuos absolutamente ajenos a ellos, como los enfermos mentales (aunque no todos los artistas encuadrados en esta corriente padecieron enfermedades mentales). Así, algunos de ellos me traen a la memoria los de Adolf Wölfli, dibujante suizo internado en un hospital psiquiátrico de Berna, quien plasmaba sus visiones fantásticas con lápices de colores sobre papel, o los cuadros de Jean Dubuffet, quien imitaba en sus obras el estilo ingenuo y tosco de los dibujos infantiles. Pensando en las difíciles circunstancias en las que viven muchos artistas, le compro un dibujo que representa la isla de Tenerife, por los tres euros que pide a cambio de él. Poco le ayudaré con tres euros, pero sí algo más que limitándome a dirigirle una mirada indiferente. En el dibujo puede verse una isla formada por dos volcanes de altura diferente, uno más alto a la izquierda y otro más bajo a la derecha; sobre las faldas del segundo, se apiña un enjambre de casas que recuerda a la capital insular.

Probablemente, los críticos de arte de las revistas culturales al uso fruncirían el ceño, considerando mediocres las obras de este dibujante, y pasarían de largo después de echarles un raudo vistazo, sin sentir siquiera un atisbo de piedad hacia su autor. Pero, ¿qué importan ahora los juicios de quienes se creen investidos de autoridad, con razonables motivos o sin ellos, para fijar los criterios que distinguen una obra de arte mediocre de una notable o genial? Ahora solo importan las emociones que ha despertado en mí la visión de este artista callejero; las órdenes imperiosas del corazón, que, como decía Pascal, tiene razones que la razón desconoce. Al fin y al cabo, ¿qué significan tres euros, tres vulgares monedas de níquel, comparadas con todo el esfuerzo de una vida de artista, sea éste o no mediocre, con todas las horas de trabajo paciente y minucioso que este dibujante habrá invertido en sus obras, y que tal vez nadie se detenga jamás a valorar con justicia? Acto seguido, intento iniciar una conversación con él, para saber algo de su vida. Con el tiempo, he llegado a la convicción de que ciertas personas situadas en los márgenes de la sociedad, como los artistas de las calles o los viajeros nómadas, son algunas de las más interesantes que pueden conocerse, pues han rehusado los prejuicios de la mayoría y atesoran un denso caudal de vivencias. Por lo tanto, ofrecen a quienes hablan con ellas una visión del mundo muy diferente a la convencional. Sin embargo, el dibujante no domina demasiado bien el español y no entiendo del todo sus palabras. Apenas logro intercambiar con él algunas impresiones, así que me apresuro a terminar la conversación y me despido cordialmente de él. No es ésta la ocasión más favorable para el diálogo. Después, al llegar a casa, deposito el dibujo, discretamente, en un cajón de la mesa de mi dormitorio, a falta de un lugar más adecuado para guardarlo, pues en casa me encuentro cada vez con más problemas de espacio, sobre todo a la hora de colocar libros en las estanterías y cuadros en las paredes.

jueves, 26 de enero de 2012

El sol calienta piadosamente sus huesos

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(Palabras ante el nicho de mi abuelo Israel)

La mañana del día de difuntos, mi madre y yo entramos en el cementerio, para visitar el nicho de mi abuelo, con un manojo de crisantemos, blancos símbolos de inmortalidad. Todo el cementerio irradiaba una tristeza sosegada, que no convidaba a lamentaciones ni sollozos inconsolables, sino más bien a pensamientos melancólicos, a la calma triste de los grandes poemas elegiacos. Algunos pájaros –quizá jilgueros– cantaban con una fuerza desusada, como si no estuvieran en otoño, sino a comienzos de primavera, en la época del cortejo. ¿No debían guardar silencio los pájaros aquella mañana del día de difuntos? –me pregunté. No; debían seguir cantando, pues la naturaleza sigue su ritmo secreto; las celebraciones y los calendarios de los hombres no le conciernen.

El nicho de mi abuelo está orientado hacia el sur, hacia la costa. Aunque el cementerio queda lejos del océano, desde él se puede verlo con facilidad, sobre todo desde sus calles más altas, pues se levanta sobre una ladera. Aquella mañana, el océano reposaba en una calma casi plena. No se distinguían olas. El sol se derramaba sobre las aguas como un diamante roto en innúmeros fragmentos. La isla vecina emergía del horizonte con indecible claridad, mostrándome sus cumbres azuladas. En aquel momento, cuando la miraba en lejanía frente a las tumbas del cementerio, me pareció la imagen de una isla de los bienaventurados, adonde los justos serían llevados en barca para descansar de las fatigas de la vida. Pasé la mano sobre la lápida de mármol que cierra el nicho de mi abuelo; estaba caliente, pues recibía toda la luz de la mañana. Al menos el sol calienta piadosamente sus huesos –pensé en aquel momento–, redimiéndolos del frío tenebroso del nicho donde yacen. Mi madre y yo distribuimos los crisantemos entre un jarro de cristal y dos vasos situados junto al nicho. Recordé entonces unos versos de Ugo Foscolo, que forman parte de su célebre oda Los sepulcros: [...] Ahi! su gli estinti / non sorge fiore, ove non sia d’umane / lodi onorato e d’amoroso pianto ([...] ¡Ah!, sobre los muertos / no nacen flores si no es por humanos / cuidados y por amoroso llanto.). Cuánta razón tenía Foscolo: solamente los hombres, con su trabajo, cuidan y conservan las tumbas de los muertos, pues sus últimas moradas también están sometidas al desgaste del tiempo. En esa mañana lloré en silencio delante de su nicho, con un llanto resignado, con la certidumbre de que la muerte es una ley natural, inevitable, pues no consiguen remediarla nuestras quejas. Pero la muerte sigue doliendo aunque se tome conciencia de su inevitabilidad, pues deja abierto el interrogante sobre el destino último del hombre, al que cada uno responde como puede. Han pasado ya más de diez años desde la muerte de mi abuelo, pero el dolor inherente a su ausencia resurge cuando vuelvo al cementerio.

Mi abuelo era socialista y partidario del laicismo; en sus venas había gotas de sangre jacobina, como diría Machado. Pertenecía a una generación que había conocido todo un abanico de humillaciones: las cartillas de racionamiento, la persecución de los disidentes, las somníferas alocuciones del dictador, la obligación de levantar los brazos cuando sonaba el himno nacional, el matrimonio de los poderes eclesiástico y civil. Según la ortodoxia católica, debería hallarse en algún infierno, por haberse apartado de la Iglesia. Años atrás, cuando yo acudía a misa todos los domingos (aunque no nací en una familia demasiado religiosa, durante una temporada intenté seguir los mandatos de la Iglesia al pie de la letra), inquieto por el destino del alma de mi abuelo, rezaba siempre con angustia varias oraciones por ella. Sin embargo, hoy considero que si un Dios trasciende la realidad y su compasión hacia el hombre carece de límites, como sostiene esa misma ortodoxia, apenas debe corresponderse con la imagen que nos ofrecen de él quienes se arrogan, con la osadía de la condición humana, el conocimiento absoluto de su voluntad. Mientras mi madre y yo contemplábamos en silencio meditativo el nicho de mi abuelo, pasó volando un gorrión junto a nosotros. Raudo como un silbo, desapareció entre los cipreses del cementerio, dibujando un ritmo ondulante con sus alas. Entonces recordé las palabras de Hiperión, el protagonista de la homónima novela de Hölderlin: ¡Santa Naturaleza!, eres la misma en mí y fuera de mí. ¿Acaso la naturaleza no era la misma dentro y fuera de mí, que lloraba delante del nicho de mi abuelo, dentro y fuera de todos los sepulcros del cementerio? En verdad mi abuelo no había muerto, pensé. Del mismo modo que los ríos desembocan en los océanos, su espíritu se había unido a la corriente de fuerza vital que anima todo el universo, y estaba fuera del nicho, en el gorrión que acababa de pasar volando junto a nosotros, en los cipreses que crecían lentamente, en el sol que calentaba su lápida, en el océano infinito y en calma. Y entendí que no debía llorar, sino mantenerme sereno, porque en verdad no había muerte, sino transfiguración.


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Franz Schubert: Impromptu número 3 en sol sostenido mayor, D. 899 (Opus 90). Andante. Vladimir Horowitz, piano.