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viernes, 19 de agosto de 2011

Los vencejos (II)

***
(Variación sobre un viejo tema)

Sobre los arcos de hormigón del puente,
sobre la gran fisura del barranco,
planean, alocados, los vencejos.
Dominan el vacío dando vueltas,
sorteando los duros armazones
que los hombres erigen:
los altos edificios,
los cables y señales del tranvía,
las delgadas farolas.
Sus aladas siluetas me conmueven
en el final inmenso de la tarde,
bajo nubes de sangre incandescente.

Igual que los vencejos,
vivimos suspendidos en el aire
de las incertidumbres,
volando con la trágica belleza
de sus alas agudas como filos.
Igual que los vencejos, inestables,
dibujamos ascensos y caídas
entre el cielo y la tierra;
dibujamos estelas invisibles
entre el domo de luz de las alturas
y el umbrío silencio de un abismo.

lunes, 1 de agosto de 2011

Notas sobre la ironía romántica

***
Resulta difícil establecer una noción de ironía romántica, ya que su carácter multiforme y cambiante la impide ser objeto de una definición cerrada. Pese a esta dificultad, se hace necesario elaborar, al menos, una definición orientativa, que reúna sus líneas generales, para salvar el problema que supone introducirse con ideas demasiado ambiguas e imprecisas en el estudio de la filosofía. Hecha esta advertencia, la ironía romántica puede definirse como una actitud intelectual que el hombre adopta consigo mismo, que consiste en el cuestionamiento permanente de sus propias ideas y que le permite perfeccionarse de forma continua, progresando en los terrenos del arte y la filosofía. Así, por ejemplo, el poeta necesita cuestionar continuamente su propia obra, poniendo en tela de juicio sus ideas estéticas y su estilo, para evolucionar como creador y concebir una obra literaria cada vez más madura; y el filósofo necesita cuestionar igualmente su propio pensamiento, para desarrollarse como pensador y acercarse cada vez más a la verdad. Friedrich Schlegel hará las primeras referencias a la ironía romántica, en su conjunto de aforismos y reflexiones titulado Fragmentos del Lyceum. De esta obra, nos interesa destacar ahora los dos siguientes fragmentos:

La filosofía es la autentica patria de la ironía, la cual podríamos definir como belleza lógica: pues dondequiera que se filosofa en diálogos orales y escritos, y en general de manera no totalmente sistemática, se debe ofrecer y exigir ironía; e incluso los estoicos consideraron la urbanidad una virtud. Sin duda hay también una ironía retórica, que usada con moderación produce excelentes efectos, especialmente en la polémica; mas comparada con la sublime urbanidad de la musa socrática es como la pompa del discurso retórico mas brillante comparada con una tragedia antigua de estilo elevado. Únicamente la poesía puede alzarse también desde este aspecto hasta la altura de la filosofía, y no se apoya, como la retorica, en retazos irónicos. Hay poemas antiguos y modernos que, en su totalidad, exhalan por doquier universalmente el divino hálito de la ironía. Vive en ellos una verdadera bufonería transcendental. En su interior, la disposición de animo que todo lo abarca y que se eleva infinitamente por encima de todo lo condicionado, incluso sobre el arte, la virtud o la genialidad propios en el exterior, la manera mímica al actuar de un buen actor bufo italiano tradicional.

[…]

La ironía es la forma de lo paradójico. Paradójico es todo lo que es a la vez bueno y grande.

En el primer fragmento, una reflexión de cierta longitud, Schlegel distingue la ironía retórica de la ironía filosófica. La primera se identifica con la ironía entendida como figura retórica, que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice en una obra literaria; en cambio, la segunda coincide con la definición de ironía romántica que ya hemos enunciado antes. Schlegel considera que la filosofía es el ámbito donde mejor se manifiesta la ironía romántica, ya que ésta supone un verdadero método de conocimiento, que pretende acercarse cada vez más al bien, a la verdad o a la belleza. No obstante, reconoce que la poesía puede valerse de la ironía romántica con la misma intensidad que la filosofía. Por ello, en esta reflexión de Schlegel puede advertirse uno de los rasgos generales del romanticismo: la consideración de la poesía y la filosofía como disciplinas afines, que persiguen el mismo fin (el conocimiento de la verdad) con diferentes medios (en el caso de la poesía, la imaginación creadora; en el caso de la filosofía, la razón). En el segundo fragmento, formado por dos aforismos, Schlegel define la ironía como la forma de lo paradójico, ya que se trata de un método de conocimiento basado en la contradicción, es decir, en la confrontación de ideas opuestas. Asimismo, califica lo paradójico de bueno y grande, ya que solo mediante el abandono de las ideas preestablecidas será posible el avance en los terrenos de la filosofía y el arte.

Como puede comprobarse, la ironía romántica difiere notablemente de la ironía socrática, que constituye la noción tradicional de ironía (recuérdese que en todo momento hablamos de ironía desde el punto de vista filosófico, no desde el literario). La ironía socrática se define como la actitud peculiar que Sócrates adoptaba en las conversaciones con sus discípulos, y que consistía en formular preguntas sobre un tema determinado, como si fuera ignorante en él, para conseguir que sus discípulos fueran explicando sus ideas sobre el tema y dándose cuenta de las contradicciones de éstas. Esta actitud de Sócrates hacia sus discípulos se encuentra reflejada a menudo en los Diálogos de Platón. El punto en común que guardan la ironía romántica y la ironía socrática es el cuestionamiento de las ideas preestablecidas, de las que se tienen por verdaderas hasta un momento determinado, con el fin de acercarse cada vez más a la verdad. Sin embargo, ambas se diferencian en su destinatario, pues la ironía socrática se dirige desde un individuo hacia otro, como sucede en los Diálogos de Platón, en los que Sócrates hace preguntas a sus discípulos para descubrir las contradicciones de sus argumentos, mientras que la ironía romántica es dirigida por el individuo hacia sí mismo. En la ironía romántica, la relación de jerarquía que se hace patente en el diálogo del maestro y su discípulo, donde el primero se atribuye la posesión de la verdad y el segundo debe reconocérsela, se sustituye por la reflexión solitaria del artista, que ya solo desea seguir las inclinaciones de su libertad individual y no acepta la autoridad de ningún maestro. Así lo corrobora una conferencia de Walter Biemel sobre la ironía romántica:

En la ironía socrática el interlocutor se veía obligado a abandonar su posición; en la ironía romántica el irónico, para alcanzar la libertad, quiere obligarse a sí mismo a abandonar su posición sobre aquello que él consideraba como lo más excelso. Sólo podemos experimentar la libertad como tal libertad dentro de este ganar distancia frente a nosotros mismos. De tal modo es comprensible que experimentemos por una parte el dolor de ver sucumbir aquello a lo que nos sentíamos fuertemente ligados, pero al mismo tiempo, por otra parte, es comprensible también que sintamos el goce supremo de la libertad que con ello hemos alcanzado (1).

[…]

La ironía ya no puede permanecer ahora en el estado de la ironía socrática. Para los románticos ésta es aún una ironía limitada; la ironía socrática hace referencia al otro, a aquél cuya presunción ha sido totalmente puesta al descubierto, en cambio la ironía romántica –entendida en una forma universal– debe ante todo referirse a mí mismo y a aquello que considero como lo más elevado (2).

Este cambio de destinatario que sufre la ironía socrática, pasando de dirigirse hacia fuera del individuo a dirigirse hacia él mismo, se justifica en uno de los rasgos generales del arte romántico: la gran importancia concedida al yo. Gracias a los cambios históricos generados por la Ilustración, la libertad individual ha comenzado a tomarse en cuenta en diferentes ámbitos de la vida humana, incluidos la filosofía y el arte. En la Crítica de la razón pura, Kant ha proclamado la autonomía ética del individuo, a quien le basta su propia razón para distinguir el bien del mal. Esa autonomía ética conllevará la autonomía en cuestiones de estética, pues, una vez que el individuo se considere capaz de juzgar sobre lo bueno y lo malo, enseguida se considerará capaz de hacerlo también sobre lo bello y lo feo. Recordemos, en este sentido, la íntima relación que guardan las nociones de bien, verdad y belleza en la filosofía de Platón, de manera que el conocimiento de una de ellas conduce siempre al conocimiento de las demás, y que se mantendrá vigente en el idealismo y el romanticismo alemanes. Para el filósofo o el artista moderno, dotado de autonomía ética y de un gusto estético personal, carece ya de sentido someterse a la autoridad de un maestro, pues solo puede descubrir la verdad o la belleza con sus propios medios.

Por otro lado, la ironía romántica pone de relieve la tendencia al infinito del arte romántico, es decir, el hecho de que éste jamás alcanzará un desarrollo completo, que suponga su estadio más alto de perfección, más allá del cual no pueda seguir avanzando. Uno de los rasgos definitorios del arte romántico es su carácter inacabado y por lo tanto inagotable, pues si el artista nunca deja de cuestionar su obra, poniendo de manifiesto sus debilidades y contradicciones, para alcanzar un grado cada vez mayor de perfección, el arte seguirá una dirección de progreso infinito, de manera que jamás agotará todas sus posibilidades. Como dice Walter Biemel en su conferencia:

[…] la meta del romántico es la realización de lo infinito. Todo lo hecho, todo lo determinado es inevitablemente limitado por el mismo hecho de estar terminado, de permanecer y descansar en sí mismo. En el aforismo de Novalis que encabeza los fragmentos de Polvo Florido: “Por todas partes buscamos lo incondicionado y no encontramos más que lo condicionado”, está claramente expresada la intención y la pretensión que constituyen la base del pensamiento romántico. Lo que el pensador romántico anhela no es nada finito sino lo infinito. Pero, ¿puede un ser finito alcanzar lo infinito? Con otras palabras, ¿cómo puede el hombre convertirse de un ser finito en un ser infinito? Adquiriendo distancia constantemente frente a sí mismo, reflexionando constantemente sobre sí mismo y negando luego lo que en esta reflexión había establecido (3).

La ironía romántica marcará profundamente la historia del arte desde los comienzos del siglo XIX hasta la actualidad. En los últimos dos siglos, el arte ha sufrido un proceso que lo ha conducido desde un concepto objetivo de belleza (es decir, un criterio de belleza universal, que deben seguir todos los artistas) hacia un concepto absolutamente subjetivo (es decir, una situación en la que cada artista define, ejerciendo su libertad creadora, qué es la belleza o, cuando menos, qué es el arte). Este proceso comenzará en el siglo XIX con el nacimiento del arte romántico, que se desligará de los rígidos cánones del neoclasicismo, y culminará en el siglo XX con la aparición de las vanguardias artísticas. Así, estas últimas supondrán la manifestación más radical de la ironía romántica en el arte, pues emprenderán una búsqueda infinita con su tarea creadora, rechazando de plano todas las ideas estéticas aceptadas hasta el momento.

1. La ironía romántica y la filosofía del idealismo alemán, de Walter Biemel. Conferencia publicada en Convivium, revista de filosofía de la Universidad de Barcelona. Número 13–14, año 1964, página 35. El texto de esta conferencia puede consultarse en la siguiente página web:
http://www.raco.cat/index.php/Convivium/article/viewFile/76228/99002
2. Obra citada, página 37.
3. Obra citada, página 37.