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jueves, 30 de julio de 2009

Hay días angustiosos


Hay días angustiosos,
días en que me siento confinado
en mi ciudad angosta,
que muere de su tedio,
que naufraga en su turbia somnolencia.

Ha caído la noche
y salgo de mi casa.
La ciudad es absurda. No hay sentido
en los viejos burdeles,
donde aguardan las jóvenes, sentadas,
a algunos solitarios;
en las sucias tabernas,
donde los bebedores se reúnen;
en los míseros canes y mendigos,
abandonados a la misma suerte.

El cielo está desnudo;
apenas se divisan sus estrellas.
Si mis ojos levanto, sólo veo
melancólicas luces de farolas.
Las calles me susurran
su lamento inaudible, su cansancio.
Sobre las duras losas de una acera,
unos cristales hablan
de fracaso y olvido.
Yacen algunas hojas,
que un viento frío mueve.

Cuánto deseo conciliar el sueño,
en mi lecho calmoso.
Cuánto deseo que la luz del alba
desvanezca las sombras.

martes, 28 de julio de 2009

Indigente


Bajo un puente rugoso
de cemento desnudo,
un mendigo descansa,
vencido por su hastío.
El incansable tráfago de coches
y agobiados viandantes
resuena, escandaloso,
bajo los grises muros donde habita.

¿Quién gastará un efímero segundo,
lanzándole siquiera
una veloz mirada?
Se vuelven todos ciegos,
cuando ven la tragedia silenciosa
de un hombre abandonado.
Y dejan a los náufragos hundirse
en las mareas negras del olvido,
adormeciendo sus inertes almas.

Sólo un mísero perro,
más humano y piadoso que los hombres,
lame las secas manos del mendigo,
con su leal misericordia.
Él, sin duda, conoce
la soledad, el frío, las tinieblas.

Amargas enseñanzas
aprendo, silencioso,
del mendigo y el perro.
En mi alma, confluyen
todas las paradojas de la vida.

Canción de los plátanos


Ombra mai fu
di vegetabile
cara ed amabile,
soave più.

(Nunca fue sombra
de vegetal
tan cara y amable,
tan suave.)

Aria de la ópera Jerjes, de Haendel


Los plátanos, frondosos,
bordean la avenida.
Sus tiernas hojas verdes
relucen bajo el sol de una mañana;
se mueven en los aires.
Sin embargo, la gente no las mira.
Los viandantes se alejan como sombras,
indiferentes, cavilando
sobre miserias vanas.

¿Cómo nuestros sentidos, embargados
en un hastío yermo,
casi no se conmueven
ante unos árboles, tesoros
de luz y de frescura?
¿Cómo la silenciosa tiranía
de nuestra inercia nos somete?
¿Y cómo nuestras horas
regalamos al viento,
tan ciegos, a menudo,
a las súbitas luces de la vida?

Deberían dolernos en el alma,
hasta que al fin abramos nuestros ojos,
la ceguedad oscura,
los helados desaires
a la belleza de este mundo.

miércoles, 22 de julio de 2009

Una ceiba


En los jardines,
ante un muro, se yergue
la centenaria ceiba,
sosteniendo sus ramas,
torcidas y frondosas,
como brazos enormes.
Como una diosa madre,
bonancible, me ofrenda
su acogedora sombra,
su calma inalterada.
Y son mis pensamientos
sus innúmeras hojas,
donde reluce un sol de mediodía.

Ojalá mis canciones
tuviesen la frescura
de sus grandiosas ramas,
la sólida firmeza
de sus hondas raíces.

(Parque Viera y Clavijo, Santa Cruz de Tenerife)

domingo, 19 de julio de 2009

Desgarrando el silencio de la noche


Desgarrando el silencio de la noche,
un can aúlla, solo;
eleva sus gemidos
hacia la sorda luna indiferente.
No sé la casa donde llora
ni los motivos de su angustia,
mas siento, sin descanso,
sus voces, lastimeras y cercanas,
que me roban el sueño.
Todo el duelo del mundo,
envuelto en el sudario
de un oscuro silencio, sobrenada
en sus lamentaciones.

Los cipreses


En el patio sombrío
de lo que fuera antaño
un colegio de monjas,
se elevan los cipreses.
Como sombras delgadas
o mástiles frondosos,
dulcemente se mecen en el viento.
El ábside solemne
de una anciana capilla
emerge de unos muros
como un salmo de piedra silencioso.
Vigorosas, las yerbas
nacen de las junturas
de losas desgastadas.

Ahondan los cipreses
en el fondo del suelo sus raíces,
bajo los sedimentos del pasado.
Noto la soledad que los envuelve
y la angustia difusa
de sus verdes oscuros.
Bajo el azul intenso
del cielo de una tarde,
se elevan como lanzas, dominados
de una melancolía sosegada.
En su madera sufren,
como los hombres en sus carnes,
la débil hermosura de la vida,
la grave certidumbre de la muerte,
una sed insaciable
de sol y trascendencia.

He venido a mirarlos
e imaginar, a solas,
cómo fueron las risas de las niñas
que en su día jugaron,
iluminadas de alborozo,
entre ellos, erguidos
hasta besar el cielo.

(Antiguo Colegio de la Asunción, Parque Viera y Clavijo, Santa Cruz de Tenerife)

jueves, 16 de julio de 2009

A la viola da gamba


(Homenaje a Sainte–Colombe)

Viola da gamba,
eres hermosa y grave.
En tu silencio, duermen
olvidadas canciones,
lejanas y confusas resonancias.

El aire se conmueve,
enseguida que surgen
las vibraciones en tus cuerdas.
Con el arco y sus dedos,
el músico te roba
sones de miel oscura.
Tu madera destila
unas aguas canoras;
un arroyo que suena, lastimoso,
a nieblas y penumbras.

Algunos te llamaron, hace siglos,
imitadora de la voz humana.
Bien mereces elogios,
pues tu voz enamora los oídos.
Con ella, desatando
los nudos del silencio,
un alma se lamenta.

martes, 14 de julio de 2009

Apuntes de Galicia (III)


Del Navia caudaloso
las aguas, bajo un puente,
me llaman sin descanso.
Esas aguas sonoras,
que la luz atraviesa
hasta el fondo del río,
me halagan con su música fluida.
Esas aguas me dicen
que baje a sus riberas,
para que mis oídos
sientan su voz sagrada,
que habrá de confesarme
los arcanos del río.

(Puente sobre el río Navia, aldea de san Martín de la Ribera, Lugo)

domingo, 12 de julio de 2009

Apuntes de Galicia (II)


Hoy, a la tarde,
me he internado en un bosque
frondoso de castaños solariegos.
Airosas ramas,
troncos ancianos y raíces nobles,
envueltos en el musgo de los años,
han conmovido, en su humedad umbrosa,
mi alma sosegada.
Ahora, silencioso,
salgo del bosque y vuelvo,
por un sendero, hacia la aldea.

En este mes de julio,
los labradores han segado
las eras de centeno,
el oro de unos campos generosos.
El valle y sus laderas,
donde también reluce
el oro de la tarde,
ahora se me antojan
recién iluminados
por Dios, en los albores
deslumbrantes del mundo.

Desgrano, en el sendero,
unos tallos de avena
y cojo zarzamoras en los bordes
(unas saben amargas; otras, dulces).
Van callando las aves.
Oigo venir, con suave parsimonia,
a un pastor y sus vacas.
Los anuncia una música uniforme
y leve de cencerros,
que ya, también, anuncia
el fuego del ocaso
y la llegada lenta de la noche.

(Aldea de Villaver, Lugo)

Apuntes de Galicia (I)


Hoy, he evocado un viaje
que hiciera con mis padres, en la infancia,
a san Martín de la Ribera,
una lejana aldea de Galicia,
en cuyo suelo sus raíces
ahonda la familia de mi padre.

Una tarde de julio,
soy apenas un niño que desciende,
por una senda angosta,
a la margen de un río.
Ven mis ojos el río, deslumbrados,
absortos en las ondas.
Es el Navia, que suena, melodioso;
que bordean los álamos ancianos,
erguidos como lanzas,
en las húmedas márgenes umbrosas;
que refresca el ambiente
caluroso de julio.
En el hondo silencio
de san Martín de la Ribera,
vuelvo al estado original del hombre:
la comunión hermosa con el mundo.

Sólo porque esa tarde
gocé de aquel estado
inefable de gracia,
mi largo viaje mereció la pena.
Deseaba quedarme en ese bosque
y en esas márgenes del Navia,
morando, silencioso,
ese paisaje de Galicia.

(Aldea de san Martín de la Ribera, Lugo)