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lunes, 26 de junio de 2017

La maldita vergüenza (II)

America Meridionalis. Mapa de Gerard Mercator.


II

A la mañana siguiente, todos los periódicos nacionales recogían la noticia de la muerte de Pablo Sañudo en la crónica de sucesos. Germán se despertó sobre las doce de la mañana, con una resaca atroz. Había trasegado una botella entera de Jack Daniel’s para ahogar la voz de su conciencia en el aturdimiento de la borrachera. Se sentía tan mareado como si acabara de bajarse de un barco después de una mala travesía. Se incorporó de la cama y se dirigió al cuarto de baño dando tumbos y apoyándose en las paredes. Una vez allí, se arrodilló en el suelo frente al inodoro, apoyándose con las manos en la taza, y arrojó un profuso vómito amarillento, donde expulsó buena parte de lo que había bebido la noche anterior. Después del vómito se notó físicamente aliviado, pero enseguida se llevó las manos a la cabeza, sin levantarse del suelo, y comenzó a llorar de forma silenciosa pero inconsolable. Los remordimientos le causaban ansiedad hasta el punto de sentir que le faltaba el aire. Pasó un rato en el suelo, entre la ansiedad y el llanto, hasta que se dio cuenta de que no solucionaría nada con aquella desesperación. Se incorporó despacio y se miró en el espejo del cuarto de baño. Se había levantado con los cabellos revueltos, los párpados ojerosos y la mirada ausente. Le parecía como si en el fondo de sus pupilas brillara una luz terrible, la misma con la que brillan los ojos de los perturbados y los criminales, la claridad que fija los borrosos límites entre lucidez y locura. E intuyó que jamás volvería a ser el mismo, pues allá donde fuera cargaría con la sombra de un crimen para el resto de su vida.

Como todas las mañanas, se preparó el desayuno en la cocina: un café con leche y dos trozos de pan con aceite de oliva. Pero aquella mañana sería diferente a todas las anteriores de su vida. Jamás volvería a pisar el edificio de la compañía de seguros, donde había cometido el asesinato, y desde aquel momento debería idear una buena estrategia para no caer en manos de la policía. Hasta el momento nadie lo había llamado para preguntarle sobre el crimen. Pero Germán temía que más tarde o más temprano lo llamaran, así que debía pensar en marcharse de España en cuestión de pocos días. Cuando se acabó de tomar el desayuno, sacó un atlas de geografía de la biblioteca del salón de su casa y lo abrió por una página donde aparecía un gran mapamundi. Se preguntó a qué país debía marcharse y recorrió con el índice continentes y océanos, hasta que lo detuvo en Brasil de forma entre casual y deliberada. Recordó que alguna vez había leído en la prensa historias de narcotraficantes españoles que habían huido a Brasil para escapar de la justicia, y se le ocurrió que podría tratarse de un buen destino para sus intenciones. El resto de aquella semana se dedicó a organizar el viaje: compró un billete de avión a São Paulo por Internet, anunció a su casero que la próxima semana dejaría el piso, alegando que debía mudarse con urgencia por motivos de trabajo, y resolvió el contrato de arrendamiento. El martes de la semana siguiente abandonaría España. En aquellos días antes del viaje, sufría un sobresalto cada vez que sonaba su teléfono o su portero automático, temiendo que algún policía quisiera interrogarle sobre el crimen o detenerlo con unas esposas. Pero la noche del lunes, cuando le quedaban sólo algunas horas para marcharse a Brasil, se acostó sin que ningún agente de la fuerza pública se hubiera comunicado con él hasta ese momento. Un extraño cansancio, mezcla de calma y desasosiego, invadió su cuerpo segundos antes de que cerrara sus ojos para dormirse.

Al día siguiente, Germán se levantó a las cinco de la mañana. Debía presentarse en el aeropuerto de Barajas a las seis, una hora antes de que saliera el avión hacia São Paulo. La noche anterior, había preparado una voluminosa maleta de ruedas y un bolso de mano grande. En la maleta había alojado casi toda su ropa, varios pares de zapatos, diversos objetos de aseo, como un cepillo de dientes, una esponja de baño y una maquinilla de afeitarse, unas cuantas novelas y libros de poesía, una baraja de póquer y una botella de su amado Jack Daniel’s, que solía beber, según la ocasión, solo y con hielo o rebajado con Coca–Cola, cuando no tomaba un trago directo de la botella. Como no podía viajar con otras drogas, necesitaba licores fuertes para emborracharse cuando lo desquiciaran los nervios o la melancolía. En el bolso de mano había colocado la ropa que no cabía en la maleta, la documentación necesaria para el viaje y un sobre con nueve mil euros. En la cartera guardaba otros mil, que sumaban un total de diez mil euros, el importe máximo que podía sacar de la Unión Europea en efectivo sin declararlo en la oficina de aduanas del aeropuerto. Llamó a un taxi, para que lo recogiera a la puerta de su edificio, y el taxista le dijo que vendría en diez minutos. Se vistió rápidamente, guardó su pijama en el bolso de mano, apagó las luces del piso, cerró la puerta con llave, tomó el ascensor del edificio y bajó a la calle. En cuestión de breves minutos dejaba atrás, de golpe, los dos años de su vida que había pasado en aquella casa, con su caudal inevitable de recuerdos. No se permitió ningún asomo de nostalgia, pues debía mantener la cabeza fría en todo momento. Sin embargo, cuando pensó en lo que estaba haciendo, un escalofrío recorrió toda su espalda y sus manos temblaron por un segundo. Una combinación volátil de miedo y euforia dominaba su ánimo: temía con ansiedad que sus planes fracasaran y la policía lo detuviera en algún momento, pero la sensación de haberse convertido en fugitivo, abocado a llevar una vida tan peligrosa como impredecible, desataba su adrenalina. Respiró hondamente, una vez más, para sosegarse un poco, y vio cómo el taxi venía desde el fondo de la calle. El taxista paró junto al portal de su edificio, se bajó para ayudarlo a cargar las maletas y puso rumbo al aeropuerto. El reloj de pulsera de Germán daba las cinco y veinte de la madrugada. Aún no había amanecido: el cielo de Madrid permanecía sumido en el negro absoluto de la noche. El taxi salió del barrio donde vivía Germán, un vecindario tranquilo de clase media situado en la periferia, aceleró y tomó una de las numerosas autopistas de la metrópolis con rumbo al aeropuerto de Barajas. Las farolas de la autopista, con sus luces naranjas, componían un paisaje fantasmal entre naves industriales y campos donde sólo crecían las hierbas y matojos de la meseta castellana. El taxi tardó apenas unos quince minutos en llegar al aeropuerto y dejó a Germán a las puertas de la terminal de vuelos internacionales, donde tomaría el suyo.

Sin más dilaciones, Germán atravesó una puerta giratoria y se encaminó al mostrador de facturación para dejar allí su maleta. Después de facturar su maleta, Germán pasó los controles de seguridad con miedo contenido, fingiendo normalidad para no levantar ninguna sospecha. Cuando los guardias vieron, a través del escáner, el sobre con billetes que había dentro del bolso de mano, confirmaron que el dinero no sobrepasaba los diez mil euros y, sin más trámites, devolvieron el bolso a Germán. Una vez pasados los controles, éste se sentó en uno de los bancos de la sala de espera, cerca de su puerta de embarque, y cuando faltaban diez minutos para la apertura de la puerta se levantó para colocarse detrás de los primeros turistas que habían formado cola. Cuando al fin cruzó la puerta de embarque y entró en el avión, comenzó a sentirse relajado y suspiró de alivio. Había superado todos los controles de seguridad y la policía del aeropuerto de Barajas ya no podía alcanzarlo. Al fin y al cabo, no soy ningún terrorista. He cometido un asesinato, pero no quiero matar a nadie más, pensó como descargo de conciencia. Diez minutos después, el avión despegó con un fuerte impulso y se remontó en el aire, ligeramente inclinado hacia arriba, hasta situarse a la altura adecuada para el vuelo.

El avión surcaba la planicie infinita del océano Atlántico, sin que sufriera ninguna turbulencia. Atravesaba una zona de calmas, situada todavía más cerca de Europa que de América, pues habían pasado sólo tres horas de vuelo. Desde su ventanilla, Germán miraba hacia abajo y veía cómo las nubes flotaban a cientos de metros sobre el océano, como un rebaño de animales evanescentes, y vino a su memoria el soneto que John Keats dedicó a la belleza del color azul: Blue! ‘Tis the life of heaven, the domain / of Cynthia, the wide palace of the sun, / the tent of Hesperus, and all his train, / the bosomer of clouds, gold, grey and dun[1]. Pasó un rato con la mirada fija en aquel panorama, que le causaba una impresión abrumadora y deliciosa, con una confusa mezcla de admiración y miedo que bien podría identificarse con el sentimiento de lo sublime. Poco después, las azafatas pasaron con sus carritos para servir el almuerzo, tan infame como la mayoría de los que se ofrecen a bordo de los aviones. Germán almorzó con desgana, pues no se sentía con hambre, pero sabía que resultaba aconsejable comer algo en un vuelo tan prolongado como aquél. Terminado el almuerzo, no sabía cómo entretenerse, hasta que sacó del bolsillo su teléfono móvil, que había puesto en modo para avión, y le enchufó los auriculares. En la pantalla del aparato, ojeó la lista de reproducción de archivos de sonido y apareció, entre diversas piezas de música clásica, la Fantasía del caminante de Schubert, en la versión del pianista italiano Maurizio Pollini. Seleccionó el archivo de sonido y se dispuso a escuchar la obra. La fantasía comenzó con un tema vivaz y fuerte, como un caminante que inicia su marcha con decisión y energía. A continuación, el piano se fue sumiendo en una melodía lenta y melancólica, que repetía la del lied El caminante, una canción del propio Schubert que da su título a esta fantasía, puesta en boca de un viajero que se siente extraño en su tierra natal y busca un país lejano e inalcanzable, donde se encuentra la felicidad que anhela: Die Sonne dünkt mich hier so kalt, / die Blüte welk, das Leben alt, / und was sie reden, leerer Schall; / ich bin ein Fremdling überall[2]. Aquella melodía parecía contener todo el hastío del mundo, como si fuera el lamento de un hombre cansado ya de la vida. Quizás –pensó Germán– he cometido esta locura porque mi vida ya sólo me inspiraba una tremenda repugnancia; porque se me había convertido en una rutina demencial, insoportable; porque, cuando me miraba al espejo, me sentía tan miserable que sólo me daban ganas de vomitar hasta las heces. Sin duda, algo estaba fallando. Se preguntó, una vez más, por qué había asesinado a Pablo Sañudo, y sólo acertó a responderse que ni él mismo lo sabía, que todas sus acciones obedecían a las causas enigmáticas que definían su destino. Le parecía como si anduviera a ciegas por un puente alzado sobre un abismo, un abismo tan profundo como la distancia que mediaba entre sus pies y el océano que el avión estaba sobrevolando en ese momento. La música seguía: las hábiles manos de Pollini tocaban un movimiento rápido y animoso, donde se alternaban pasajes muy suaves con otros muy fuertes, como si el caminante de la fantasía marchara por los senderos irregulares de un bosque de montaña, llenos de rodeos y accidentes. El tempo se aceleró hacia los últimos compases, para culminar la pieza con un final brillante y sonoro, como si el caminante decidiera no rendirse ante ningún obstáculo que hallara en su camino. Germán pensó que debía enfrentarse con ese mismo coraje a su destino, con esa misma animosidad que reflejaba la música de Schubert. Se quitó los auriculares y miró hacia el pasillo del avión. Se percató de que debía moverse un poco si no quería sufrir el síndrome de la clase turista, y se levantó para estirar las piernas y acudir al baño. En el resto del vuelo se distrajo como pudo, escuchando otras piezas musicales y hojeando las revistas que había delante de su asiento.

Después de nueve horas, que a Germán se le habían hecho tan largas como aburridas, el avión alcanzó la costa brasileña. Desde abajo, la silueta de Río de Janeiro aparecía deslumbrante, con sus edificios alzados junto a la bahía que se dilataba en graciosas curvas para dejarles paso a las aguas marinas. Rodeaban la ciudad enormes peñas cubiertas de bosque, de las que sobresalían la escarpada forma del Pan de Azúcar y la imagen benévola del Cristo de Corcovado, erguidos como faros de piedra que daban la bienvenida a los visitantes. Por un segundo, Germán pensó en los millones de años que se habían necesitado para que la erosión de las olas y la lluvia, gota a gota, delineara las formas de aquel paisaje fabuloso. Más allá de las viejas discusiones de los tratados sobre estética, que se preguntan si la belleza natural debe considerarse superior o inferior a la artística, el joven se dio cuenta de que ningún artista superaría jamás a la naturaleza, pues solamente las fuerzas naturales pueden crear la belleza más sobrecogedora de manera fortuita, obrando sin ninguna intención determinada, mientras que la mano del artista siempre se mueve con el deseo de producir un objeto estético, incluso cuando se trata de llenar un lienzo de salpicaduras y brochazos de acrílico o de romperlo en varios jirones sin misericordia. La capacidad inagotable de la naturaleza para alumbrar lo bello de forma inconsciente, desde la inocencia más absoluta, conmovía profundamente a Germán.

Media hora más tarde, el avión había seguido volando tierra adentro y el perfil de São Paulo se distinguía claramente desde las ventanillas, con su enjambre de rascacielos que competían en altura como los viejos árboles de la selva amazónica, cuyas enormes frondas mantienen el piso del bosque en eterna penumbra, y sus extensos barrios de favelas, llenos de casuchas endebles y caminos embarrados, donde las penurias y la violencia reinaban como fatídicas plagas. El aparato inició el descenso y se acercó gradualmente al aeropuerto internacional de la ciudad, hasta llegar a la pista de aterrizaje y tocar el suelo. Al bajarse del avión y tomar el microbús que lo trasladaría desde la pista de aterrizaje hasta el edificio del aeropuerto, Germán se esforzó en disimular la tensión nerviosa que sacudía su cuerpo y su mente. Le sudaban las manos y la frente con abundancia, quizá no tanto por el bochorno del tórrido clima brasileño como por la ansiedad que sentía. Su corazón latía como un timbal enfurecido. Supuso que ya las autoridades españolas habrían relacionado el asesinato del presidente de la compañía de seguros para la que trabajaba en Madrid con el súbito abandono de su empleo en el departamento de recursos humanos de la empresa. Temía que la policía brasileña lo detuviera de un minuto a otro. Pensó que la Interpol, a través de sus comunicaciones internacionales, ya lo habría declarado como fugitivo en busca y captura sobre toda la faz de la tierra. Una y otra vez se imaginaba cómo, en el momento más inesperado, mientras cruzaba salas y corredores llenos de turistas, algún agente lo sorprendería saliendo a su paso, le pondría las esposas y lo llevaría a declarar en la comisaría del aeropuerto. Sin embargo, pese a todos los fantasmas que danzaban en su imaginación, compuso el semblante y trató de guardar una apariencia de normalidad, pues sabía que su nerviosismo podría interpretarse como una actitud sospechosa.

Después de un breve trayecto, se apeó del microbús con el resto de pasajeros y entró en la terminal del aeropuerto donde debía recoger su equipaje. El aire acondicionado que refrescaba el ambiente le brindó una sensación de cierto alivio. Con los brazos cruzados, se quedó junto a la cinta transportadora por donde salían las maletas, hasta que la suya apareció tras cinco minutos de espera impaciente. La sacó de la cinta con rapidez y comenzó a caminar hacia la salida del aeropuerto, procurando confundirse con la muchedumbre para pasar inadvertido. Cuando salió de allí, se dirigió hacia la parada de taxis y preguntó a un taxista que descansaba apoyado en la carrocería de su coche si conocía algún hotel de lujo en São Paulo donde pudiera alojarse. El taxista le recomendó el Astoria, hotel de cinco estrellas que nunca solía llenarse del todo salvo en ocasiones especiales, como los grandes campeonatos de fútbol, y Germán le pidió que lo llevara hasta allí. Antes de empezar la carrera, el taxista llamó al hotel por su teléfono móvil, para confirmar si quedaban habitaciones disponibles para una sola persona. El recepcionista que atendió la llamada le dijo que tenían doce habitaciones libres: acto seguido, el taxista cargó el equipaje en el maletero y Germán se subió al taxi. Cuando el vehículo arrancó, Germán suspiró de alivio: su plan estaba marchando como la seda, sin ningún imprevisto, pues no había llamado la atención de nadie en el aeropuerto. Una vez que había pisado el maremágnum de aquella ciudad brasileña, donde se hacinaban más de once millones de personas, podría moverse dentro del país con habilidad suficiente para no tener jamás que rendirle cuentas a la justicia. Los diez mil euros que había traído consigo de España, bien administrados, le permitirían sobrevivir unos meses sin apuros. Sabía que viajar con tanto dinero encima suponía un serio peligro, sobre todo en un país como Brasil, donde los robos y asaltos estaban a la orden del día, pero en aquella situación, tras haber cometido un asesinato, debía arriesgarse a todo lo que pudiera sucederle sin titubeos. Atrás quedaba Europa, el reino del orden y la ley, el mundo en que la razón instrumental garantizaba la seguridad de los ciudadanos, pero también los confinaba dentro de una jaula de acero, convirtiéndolos en esclavos de la burocracia. Aquella mañana Sudamérica aparecía terrible y hermosa ante sus ojos, tan llena de peligros como de oportunidades. Se sintió como uno de aquellos criminales de película que llevan una vida trepidante, llena de acción y sobresaltos, y pensó que desde entonces debería tomarse la fuga a Brasil no como un destierro, sino como una aventura.

Después de sortear avenidas llenas de un tráfico insoportable, que formaba largas congestiones, el taxista le dejó a las puertas del hotel Astoria. Germán acudió al mostrador de la recepción y preguntó si quedaban habitaciones disponibles, a lo cual asintió el recepcionista. Con el pasaporte falso que llevaba, reservó una habitación para aquella noche y subió en el ascensor con el empleado del hotel que lo acompañaría hasta allí. Cuando llegaron, el empleado le entregó la tarjeta que abría la puerta y se despidió. Germán arrinconó su maleta junto al escritorio y se tendió sobre la cama, fatigado. Tras un vuelo de nueve horas y media, solamente le apetecía descansar. Pero una mezcla de temores y remordimientos lo carcomía sin pausa, y no podía conciliar el sueño. Por ello se acercó al mueble bar y sacó una botella de vino rosado que había dentro. La descorchó con una navaja y comenzó a beberla despacio, saboreando cada trago con deleite. Por un momento, se preguntó qué hacía allí, qué sentido tenía aquella fuga, pero cuando los dilemas comenzaron a acosarlo siguió bebiendo para ahogarlos en el vino, hasta que terminó la botella y un agradable sueño etílico desvaneció sus inquietudes. Durmió profundamente varias horas, hasta que dieron las cinco de la tarde y se despertó. Se levantó despacio de la cama y decidió darse un baño para quitarse el sudor y relajarse un poco. Entró en el cuarto de baño, revestido con paredes y pavimentos de mármol gris, tan lujoso como impoluto, y llenó de agua tibia la bañera hasta un poco más arriba de la mitad. Cogió un frasco de sales de baño con aroma de lavanda, que reposaba en una esquina del lavabo, y esparció casi todo su contenido en el agua de la bañera.

Mientras la bañera se iba llenando, pensó en Madrid y en todo lo que estaría ocurriendo allí en aquel momento: la policía científica ya habría comenzado a investigar la muerte del presidente de la compañía de seguros, buscando posibles indicios para identificar al autor del crimen, al mismo tiempo que los periódicos y las televisiones difundían la noticia del asesinato y cantaban los panegíricos fúnebres del ejecutivo fallecido, alabando sus virtudes como gran empresario y destacado impulsor de la economía española. Ahora lo estarán llorando como plañideras. Nunca se rasgarían así las vestiduras por un mendigo asesinado en la calle ni por un inmigrante ahogado en el mar, pensó Germán con amarga ironía. Se percató de que la bañera se había llenado, cerró el grifo y se introdujo en ella. Se recostó como si descansara sobre un sofá, de manera que su cuerpo sobresalía del agua desde el pecho hacia arriba, y apoyó sus brazos en el marco de la bañera. Pero de súbito sintió la necesidad imperiosa de masturbarse. Tal vez los calores tropicales habían aumentado sus deseos lúbricos. Acarició su pene cálido y erecto, subiendo y bajando la mano por él, hasta que llegó al culmen y un abundante chorro de semen se vertió en el agua. Permaneció descansando un rato más en la bañera, hasta que salió para secarse con una toalla. Pasó el resto de la tarde leyendo un volumen de cuentos de Voltaire que se había llevado de la biblioteca de su piso en Madrid, junto con algunos otros libros, la noche antes de darse a la fuga. Sabía que no debía quedarse demasiado tiempo en São Paulo: a lo sumo, tres o cuatro días, pues la Interpol no descansaba y la policía brasileña, aunque no se distinguiera por la rapidez y eficacia de sus operaciones, podría capturarlo si no se apresuraba a esconderse en algún sitio lejano y solitario. De pronto recordó la historia del doctor Josef Mengele, el terrible médico de Auschwitz a quien llamaban el ángel de la muerte, que huyó a Argentina tras el derrumbe del nazismo y acabó sus días en un pueblo de Brasil, llevando una vida más o menos apacible, sin que los agentes del Mossad consiguieran hallarlo nunca. Germán estaba pensando en huir también al campo brasileño, pero antes debía organizar la segunda fase de su plan de fuga: salir de São Paulo hacia el interior del país, elegir un enclave adecuado para establecerse y buscar un medio para ganarse la vida de forma discreta, sin llamar la atención de nadie. Desplegó un mapa de Brasil que llevaba en la maleta, miró las diversas regiones del interior del país y buscó información en su ordenador portátil sobre cada una de ellas. Así permaneció enfrascado una hora y media, hasta que se percató de que el reloj de la habitación estaba a punto de marcar las nueve. Ya iba siendo hora de cenar. Se vistió con una camisa blanca, un cinturón de hebilla plateada y unos pantalones vaqueros y bajó al comedor del hotel. Había comenzado a sentir hambre.

El comedor del hotel, un largo salón decorado en tonos blancos y rojos, se encontraba desierto, ofreciendo una estampa suntuosa pero desangelada. Los clientes preferían salir a cenar en cualquiera de los restaurantes de lujo que se hallaban por la zona. Pidió la carta a un camarero y comenzó a pensar en los platos que comería. No tardó mucho en decidirse por una ración de ostras como primer plato y otra de langosta como segundo, todo ello acompañado con vino tinto francés de gran reserva. Quería darse un homenaje gastronómico para celebrar que había llegado a tierra brasileña sano y salvo, sin haber caído en las garras de la justicia. Comió a plena satisfacción, saboreando cada plato con demora, e incluso pidió un flan de postre. Una vez terminada la cena, se levantó de la mesa sin pedir la cuenta, pues estaba alojándose en régimen de todo incluido, y se dirigió al bar del hotel, situado en una sala contigua al comedor. Se trataba de una coctelería de aire vanguardista, decorada con muebles de diseño y una larga barra de madera oscura, tras la que podía verse una colección de los más diversos alcoholes. Como si hubiera llegado al paraíso de los borrachos más pertinaces, Germán admiraba cómo las botellas de whisky, ron, ginebra, vodka y otros licores de alta graduación se disponían en varias filas, como un ejército inanimado, sobre anaqueles de madera tan largos como la barra, atrayendo su mirada con todo género de formas y etiquetas. Sólo había una camarera en la barra: una hermosa mulata de veinticinco años y silueta curvilínea, con senos y caderas abundantes, que estaba fregando las copas sucias en aquel momento. Su cabellera, negra y ondulada, enmarcaba un rostro de labios generosos, nariz gruesa y ojos negros, con una mirada expresiva y un intenso brillo. Germán le pidió que le sirviera una caipiriña cuando acabara de fregar y tomó asiento en la barra. La chica sólo tardó un par de minutos en prepararle el cóctel y Germán entabló conversación con ella mientras bebía.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó.
–Amanda –le respondió la camarera, con cierta timidez que no se sabía si era real o fingida– ¿Y tú?

Como un fogonazo, a Germán enseguida se le vino a la mente la canción Te recuerdo, Amanda, del brasileño Roberto Carlos. Y se preguntó si tal vez su encuentro con esa camarera desconocida no sería más que un signo del eterno retorno, de los hechos que ya habían ocurrido, en algún momento de la historia del cosmos o en algún otro universo del que ya no quedaba ningún vestigio, y que ahora se reiteraban con la misma precisión con que una noria gira sobre sí misma.

–Germán. Encantado.
–Encantada. ¿Es la primera vez que vienes a Brasil?
–Sí. De hecho, acabo de llegar hoy mismo.
–¿De qué país eres?
–De España.
–Hablas muy bien el portugués.
–Gracias. Siempre se me dieron bien los idiomas. He tenido que usarlos mucho por razones de trabajo.
–¿Estás aquí de vacaciones?
–No. He venido en viaje de negocios –mintió Germán–.
–Ahora es buen momento para los negocios. La economía de Brasil está creciendo mucho… Al menos eso dicen los ejecutivos que vienen aquí.
–Eso parece. Pero no todo va a ser trabajo. También me gustaría divertirme un poco. Por cierto, ¿a qué hora cierran el bar?
–El bar está abierto las veinticuatro horas.
–Pero tú no trabajas veinticuatro horas… –repuso Germán, divertido.
–Salgo a las doce. Hay varios turnos de camareros.
–Te llevaría a tu casa, pero aún no tengo coche aquí.
–Muchas gracias, pero no hace falta. Vivo en el hotel.
–¿Aquí mismo?
–Sí. Me sale más barato que alquilar un apartamento. Y no se está mal aquí. No todo el mundo puede decir que vive en un hotel de cinco estrellas –se rió–.
–Es verdad. Yo me estoy quedando en la habitación ciento treinta y dos. Ahí tengo una botella de champán que todavía no he descorchado. ¿Te apetecería subir conmigo y tomarte una copa cuando salgas de aquí?
–No suelo tomarme copas con los clientes –volvió a reírse–. Pero tú me has caído muy bien. Espera a las doce y hablamos.
–De acuerdo.

Germán se entretuvo hojeando algunos periódicos en un sillón del vestíbulo, hasta que dieron las doce y Amanda salió del bar.

–¿Ya estás?
–Sí.
–Vamos al ascensor.

Cogieron el ascensor y subieron a la planta donde se hallaba la habitación de Germán. Él abrió la puerta con su tarjeta y ella la cerró con suavidad, para que no se escuchara ningún portazo.

–Voy a sacar el champán. Siéntate donde quieras –le dijo Germán–.

Germán sacó la botella, junto con dos copas de flauta, del mueble bar de la habitación y sirvió el champán. Acto seguido brindaron.

–Por nosotros –brindó Germán–.
–Y por tus negocios, para que te vayan muy bien –añadió Amanda­–.

Los dos comenzaron a beber una copa después de otra hasta agotar la botella, mientras conversaban cada vez con mayor confianza y su actitud se volvía cada vez más relajada. En un momento dado, cuando los dos ya habían alcanzado el punto de la alegría etílica, Germán acarició la mano izquierda de Amanda. Ella se mostró receptiva, como si aquella caricia la agradase, y al momento Germán se acercó para besarla. Una impetuosa fogosidad se había desatado. Poco después los dos estaban ya retozando en la cama de la habitación. Germán desabrochó con ansiedad el vestido de Amanda, movido por un deseo febril de palpar la carne tersa y caliente que se escondía debajo de su ropa. Amanda respiraba cada vez con mayor intensidad. No tardarían en alcanzar el orgasmo, ella primero y él un poco más tarde, hasta que se durmieron agotados entre las sábanas revueltas. Cuando los primeros rayos de sol acariciaron las cortinas de la habitación, sobre las seis de la mañana, Amanda se levantó de la cama sigilosamente, se vistió con premura y salió de la habitación cerrando la puerta muy despacio, para no despertar a Germán de su profundo sueño. No deseaba que aquella aventura de una noche diera pábulo a una relación más larga, pues, aunque Germán le resultaba simpático y atractivo, sabía que no se quedaría mucho más en la ciudad y no le convenía enamorarse de un hombre que sólo estaba de paso y tal vez no regresaría jamás a verla. Germán se despertaría una hora más tarde, sobre las siete. Aquella mañana se marcharía del hotel para seguir con su viaje. Se duchó como todas las mañanas, rehízo la maleta que unos días atrás había deshecho y abandonó la habitación sobre las ocho. En la recepción dejó un sobre para Amanda, con una breve nota que había escrito nada más levantarse de la cama, pues quería darle una muestra de agradecimiento. La nota decía lo siguiente:

Amanda:

Gracias por hacerme pasar una noche tan hermosa. Hacía mucho tiempo que no sentía nada semejante. Ahora debo continuar mi viaje. Deséame suerte. Que la vida te sonría. Quién sabe si algún día volveremos a encontrarnos.

Un beso,

Germán

El día anterior por la tarde, Germán había comprado un billete de autobús con rumbo a la provincia de Mato Grosso, en el interior de Brasil. El vehículo salía a las once de la terminal de autobuses de São Paulo. Todavía le quedaban tres horas por delante en la ciudad. A las puertas del hotel, pidió un taxi con rumbo a la terminal. Cuando llegó se dio una vuelta por la zona y entró en uno de los bares situados en las inmediaciones, para tomarse un café y hojear la prensa. Pidió un café con leche, cogió un periódico de los que había sobre la barra y se sentó en una mesa. En el diario no se había publicado ninguna noticia sobre el crimen de Pablo Sañudo. Abrió su ordenador portátil, aprovechando la red wifi del bar, y comenzó a buscar en Google noticias relacionadas con el asunto. Leyó varias informaciones de periódicos españoles. La investigación aún se mantenía bajo secreto de sumario. Ningún trabajador o persona vinculada a la compañía de seguros aparecía como sospechoso de haber cometido el crimen. Según las filtraciones del sumario que se habían producido en los últimos días, los indicios apuntaban hacia un narcotraficante mejicano con el que Pablo Sañudo había celebrado negocios ilícitos hacía varios años, y que habría consumado un ajuste de cuentas, a través de un sicario, por una deuda pendiente que Sañudo había contraído con él. Parecía como si todos los cuerpos de policía que podrían estar buscando a Germán, el de España, el de Brasil y el de la Interpol, hubieran perdido su rastro y olvidado su existencia. Sin embargo, a Germán le causaba cierta desazón este silencio informativo sobre su persona. Temía que le estuvieran tendiendo una emboscada para atraparlo en el momento más inesperado, aunque la idea de que la policía española se hubiera centrado en investigar al narcotraficante mejicano lo tranquilizaba en parte. Mientras apuraba los últimos sorbos de su café con leche, se recordó a sí mismo que debía guardar la calma y no volverse loco urdiendo conjeturas. Hasta aquel momento, no había percibido ninguna señal de que lo estuvieran siguiendo o vigilando. Se había registrado en el hotel Astoria con un nombre falso. Había seguido todas las precauciones que debía tomar un fugitivo para sustraerse a la acción de la justicia. Hasta el momento, su plan marchaba según lo previsto. Continuó mirando más noticias de España en el último de los periódicos digitales que había consultado. No dejaba de sorprenderle cómo la vida pública de su país había degenerado en un bochornoso espectáculo de variedades. El monarca, un viejo caballero de industria que se valía de la corona para sus negocios personales, se había marchado a tierras africanas para cazar elefantes con su querida, una rubia alemana que ejercía la honorable profesión de cazadora de fortunas. La hija del monarca debía comparecer en los tribunales por fraude a la hacienda pública. El tesorero del partido gobernante, tan ambicioso como falto de escrúpulos, había cobrado varios millones de euros en sobornos y los había guardado en la cuenta de un banco suizo. Mientras, el paro, la mendicidad y el hambre podían escucharse como sordos rumores en las calles de un país cada vez más abandonado a su fatídica suerte.

Tras haber pasado revista a las noticias en Internet, Germán cerró su ordenador portátil, pagó su café y salió a los pasillos de la terminal de autobuses. Como su reloj todavía marcaba las nueve y cuarto, decidió acercarse a una pequeña iglesia que se encontraba en las inmediaciones de la terminal. Se trataba de un templo de estilo neogótico, con arcos ojivales y vidrieras policromadas. En el interior, bajo su única nave, dos líneas paralelas de bancos de madera se prolongaban hasta el altar, donde había una talla de Cristo crucificado que presidía el conjunto. Hacía mucho tiempo que Germán no pisaba una iglesia, pero el aburrimiento de la espera y su curiosidad lo habían impulsado a entrar en aquélla para matar el tiempo. En su infancia solía acudir a una parroquia cercana al piso de acogida en que vivía, pues había visto que muchos niños recibían la primera comunión y no deseaba quedarse atrás. Más tarde, en la adolescencia, se apartó gradualmente del catolicismo, hasta que la religión perdió toda importancia en su vida. A aquella hora la iglesia estaba vacía. Germán se sentó en la primera fila de bancos, frente al altar, y comenzó a pensar en todo lo que había hecho desde el día en que asesinó a Pablo Sañudo. Ante la imagen del Cristo crucificado, se sintió más arrepentido y miserable que nunca y empezó a llorar silenciosamente, sin un solo gemido ni sollozo. Sabía que no podía volver atrás en el tiempo, que las consecuencias del asesinato eran irreparables, pero maldecía la fatídica resolución que lo había llevado a disparar a su antiguo jefe. Se preguntaba cómo no había sabido emplear la misma sangre fría que le había permitido matarlo para abstenerse de hacerlo. Permaneció llorando un rato y se marchó de la iglesia. Cuando llegó de nuevo a la terminal de autobuses, su reloj marcaba las diez y media. El autobús que habría de llevarlo a la provincia de Mato Grosso ya había llegado. Un grupo como de cincuenta personas estaba esperando que se pusiera en marcha. Germán se sentó en un banco y esperó la media hora que faltaba. El autobús salió puntual. Desde la ventanilla, Germán miraba cómo las calles de São Paulo, con todo su bullicio de tráfico y gente, se sucedían velozmente como las imágenes de una película. Había arrancado la segunda etapa de su viaje.



[1] Azul, así es la vida del cielo, y el dominio / de Cintia, y el palacio dilatado del sol, / el refugio de Héspero y todo su cortejo, / el íntimo de nubes doradas, grises, pardas.
[2] El sol aquí me parece frío / las flores marchitas, vieja la vida, / y sin sentido lo que se habla; / yo soy un extranjero en todas partes.

viernes, 23 de junio de 2017

La maldita vergüenza (I)


I

Eran las ocho menos diez de la mañana cuando Germán entraba por la puerta giratoria de la sede central de la empresa donde trabajaba, una poderosa compañía de seguros ubicada en la zona financiera de Madrid. Atravesó raudamente el vestíbulo de mármol blanco, tomó el ascensor y subió al piso número diecisiete, que alojaba las oficinas del departamento de recursos humanos, donde realizaba sus funciones como gerente de personal desde hacía dos años. Germán tenía a la sazón veintisiete años: había sacado la carrera de ciencias económicas a los veintidós, en el mínimo número de años posible y con un expediente académico fabuloso, y a los veinticinco había finalizado un máster en recursos humanos. Tres meses después de acabar el máster, había conseguido el puesto de trabajo al que ahora acudía con paso firme, seguro y orgulloso de sí mismo.

Aquella mañana, Germán oyó más rumores que de costumbre en los pasillos. Aunque la sede central de la compañía de seguros registraba una actividad frenética todos los días, la gente parecía estar sufriendo un insólito nerviosismo, como si alguna noticia alarmante la hubiera puesto en guardia, y en todo el ambiente se respiraba una tensión apenas contenida. Intrigado, se paró un momento junto a una máquina expendedora de refrescos y dulces, simulando que la miraba indeciso, como si fuera a pedir algo pero todavía no supiera qué deseaba, para escuchar lo que comentaban varios trabajadores en un corrillo mientras tomaban café. Enseguida les escuchó hablar de un expediente de regulación de empleo que la compañía estaba a punto de iniciar. Según los comentarios, por el momento no se había recibido ningún aviso del consejo de administración que confirmara la noticia, pero la mayoría de los empleados daba por ciertos los rumores y comenzaba a temer por su futuro. Germán se quedó pensativo y serio, mientras seguía su camino hacia las oficinas del departamento de recursos humanos. Llevaba tres meses en la empresa, pero en ese periodo su departamento no había tramitado ningún expediente de regulación de empleo, sino tan sólo algunos despidos disciplinarios. Entró en las oficinas, abriendo la puerta con cuidado para no golpearla, y encendió el ordenador de su mesa de escritorio. En la mesa contigua a la suya, Fernando, uno de sus compañeros de oficina, ya estaba tecleando en su ordenador, con el semblante de cansancio que los madrugones causan en las primeras horas matinales.

–Buenos días, Fernando –lo saludó como de costumbre–.
–Buenos días, Germán. ¿Has oído las últimas noticias?
–Me ha parecido que la gente, en los pasillos, estaba hablando sobre un ERE. ¿Estoy en lo cierto? –le preguntó Germán, intrigado.
–Me temo que sí. Ayer por la tarde, se celebró reunión extraordinaria del consejo de administración. El balance de la empresa da números rojos. En el último ejercicio se perdió mucho dinero… y ahora se ha decidido tramitar un ERE. El comunicado oficial saldrá a lo largo de esta mañana.
–¿Quién te ha contado todo eso?
–El jefe de departamento, que tiene línea directa con el presidente de la compañía.

Germán miró a Fernando con una mezcla de asombro e incredulidad. En los meses venideros, el ambiente de la empresa se tornaría irrespirable. La tensión, la angustia, los rumores y las maquinaciones de pasillo convertirían aquel edificio en un campo de batalla donde cada uno procuraría salvarse como pudiera del inminente desastre.

–Esto va a ser la hecatombe –respondió Germán–. ¿Y el departamento? ¿Qué pasará con nosotros?
–Don Alonso me ha dicho que la plantilla de recursos humanos va a mantenerse igual. No habrá cambios –le respondió Fernando para tranquilizarlo–.

Germán suspiró de alivio, pero su rostro se mantuvo serio, conforme a la situación.

–Esta vez salvaremos el pellejo. Pero nos tocará la parte más dura de todo esto: la tramitación del ERE.
–Así es. Pero uno debe acostumbrarse a todo –le aconsejó Fernando con resignación–. Mira, éste va a ser el segundo ERE que se abre en la empresa desde que yo comencé a trabajar.
–Para mí será el primero. Que Dios nos coja confesados.

Como de costumbre, Germán se sumió en su trabajo. Aquella mañana le tocaba elaborar una serie de estadísticas sobre el rendimiento de los trabajadores. Todas las cuestiones relacionadas con este análisis, como las horas de trabajo, las demás condiciones laborales y los beneficios de la empresa, se medían y se cuantificaban hasta la saciedad, como si todo en el universo pudiera reducirse a números. Ya no se trataba, desde luego, del misticismo de Pitágoras, para quien todas las cosas estaban hechas de números que reflejaban una armonía universal, sino de la lógica implacable del capitalismo tardío, que las reduce todas a cifras monetarias para someterlas al imperio de su único dios: la rentabilidad. Así pasó la jornada hasta las once, la hora del descanso. Los trabajadores disponían de media hora para tomarse un café y comer algo, y cuando los relojes marcaban las once y media todos debían estar de vuelta en sus tareas. Tratándose de una empresa privada, este horario se cumplía de forma rigurosa. El edificio contaba con su propia cafetería, donde solían reunirse los trabajadores de la empresa, pero Germán prefería acudir a otra situada en la misma calle, a pocos metros de allí, para no cruzarse con sus compañeros de trabajo. Procuraba llevarse bien con todos, y hasta la fecha no se había ganado enemigos en su departamento, pero tampoco había trabado amistad con ninguno. Casi todos le parecían un tanto superficiales, por no decir del todo vacíos. Sólo conversaban de fútbol y de los últimos chismes de la empresa, como las rivalidades entre sus propios colegas y entre los directivos, o las triquiñuelas que alguno había llevado a cabo para ganarse un ascenso; o bien peroraban hasta el infinito sobre sus casas, sus coches y sus viajes de vacaciones, presumiendo ante los demás de lo maravillosa que era, en apariencia, su propia vida. Por ello Germán casi nunca pisaba la cafetería de la empresa, aunque hubiera de tomarse el café a solas en otro sitio, pues lo desesperaba aguantar aquellas conversaciones tan soporíferas como banales, viéndose obligado a fingir interés en ellas por cortesía.

El resto de la jornada prosiguió como de costumbre. Cuando llegó a su casa, Germán encendió el ordenador y puso música de uno de sus grupos favoritos, The National, una banda americana de rock alternativo. Sonaba una canción llamada Afraid of Everyone, cuya primera estrofa decía: Venom radio and venom television, / I’m afraid of everyone, / I’m afraid of everyone[1]. Aquella tarde, una vez más, el joven madrileño se sentía solo, vulnerable, indefenso ante los arañazos de la suerte. Desde su primera infancia, había librado una lucha sin descanso para vencer las dificultades que habían surgido en su camino vital. Nacido huérfano de padre y madre, se había criado en un piso tutelado para menores que gestionaba la comunidad autónoma de Madrid y, aunque jamás pasara hambre, siempre careció del afecto de unos padres que velaran por él. En la escuela y en el instituto sobresalió por sus buenas calificaciones. Al cumplir la mayoría de edad, se trasladó de un piso para menores a uno para jóvenes, pues aún no disponía de medios de subsistencia que le permitieran independizarse. Gracias a las becas del ministerio de educación, pudo estudiar la carrera de ciencias económicas, que terminó en cinco años, aprobando todas las asignaturas de cada curso en la primera convocatoria. Nada más acabar la carrera, estudió un máster en gestión de recursos humanos, y tres meses después de finalizar el máster consiguió su trabajo en la compañía de seguros. Pero ahora, después de tanto esfuerzo, le había caído encima, como una losa, la infame tarea de tramitar un expediente de regulación de empleo. ¿Para esto he trabajado tanto?, pensó. ¿Para acabar echando gente a la calle? Sin embargo, Germán no quería resignarse al miedo y esconderse debajo de una mesa hasta que la tormenta amainara. Quería actuar de alguna forma, rebelarse contra la situación que se le imponía desde arriba, desde las altas jerarquías financieras que deciden la suerte de los más vulnerables, jugando con ellos como con fichas de ajedrez, pero no sabía cómo. No sabía cómo reaccionar ante aquella amenaza. Ninguno de sus compañeros de trabajo quería organizar protestas en la empresa, y casi todos habían perdido la esperanza en los sindicatos. La mayoría daba por sentado que los sindicalistas, en la negociación del expediente, se limitarían a salvar del despido a los liberados sindicales y a sus amistades más cercanas. Pensar en todo aquello le causaba dolores de cabeza, y se acercó al aparador para servirse un vaso de whiskey Jack Daniel’s, su bebida alcohólica favorita. La canción proseguía: But I don’t have the drugs to sort, / but I don’t have the drugs to sort it out, / sort it out[2]. Y aquella tarde Germán bebió para evadirse un rato de sus problemas, aunque supiera que jamás podría solucionarlos bebiendo. Mientras bajaba la noche sobre las calles de Madrid y las farolas se encendían, destacándose de las sombras como innúmeros ojos de gato, él bebía desplomado sobre un sillón de la casa, con la mirada ausente y perdida en el vacío, hasta que terminó su quinto vaso de whiskey y se levantó del sillón, borracho y cansado, para abandonarse al sueño sobre su cama.

Los siguientes días fueron pasando lentos para Germán, llenos de inquietud silenciosa, como si aquella situación de incertidumbre y angustia se encaminara hacia un desenlace terrible. Se oían cada vez más comentarios sobre el ERE en los pasillos de la aseguradora: crecía la tensión y brotaban los recelos y sospechas en los trabajadores, que hacían a cada rato cábalas y conjeturas sobre cuáles serían despedidos y cuáles permanecerían en la empresa. Todos los departamentos se habían convertido en infiernos que bullían de rumores vagos y contradictorios, salvo el de recursos humanos, pues el consejo de administración había garantizado que no se despediría a ningún miembro de su plantilla. Sin embargo, la incomodidad se notaba en el ambiente de trabajo. Casi todos los compañeros de Germán se habían vuelto más serios y callados que de costumbre: habían perdido el humor necesario para sonreír, bromear o desternillarse con un buen chiste. Tramitaban los documentos del ERE con desgana, mordiéndose los labios para no vomitar la bilis que mordía sus estómagos, pues estaban llevando a cabo la parte más dura y repulsiva de su trabajo. En esta difícil tesitura, Germán procuraba adaptarse a la situación: sólo se dirigía a sus compañeros para lo imprescindible y por lo demás trabajaba callado en su mesa, como si hubiera tomado un voto de silencio. Pese a todo, los remordimientos no dejaban de asediarlo. Se sentía cómplice de una terrorífica maquinaria. Tras dos semanas de resignación absoluta, pensó que debería actuar en coherencia con sus sentimientos. Una mañana cualquiera, buscó entre los archivos informáticos de su departamento el formulario de renuncia al puesto de trabajo. Sacó una copia en la impresora y la guardó en una carpeta para leérsela detenidamente cuando acabara la jornada, a las tres de la tarde. Después, en su casa, pasó la tarde reflexionando sobre las consecuencias que supondría su decisión para los demás y para sí mismo. Un terremoto estaba a punto de sacudir los cimientos de la sede central de la compañía de seguros, de forma tan rápida como devastadora, así como basta con mover o quitar una sola carta para que se derrumbe todo un castillo de naipes.

Al día siguiente, justo a las ocho de la mañana, cuando iniciaba su jornada laboral, Germán presentó su renuncia como gerente de recursos humanos de la compañía de seguros. Con su habitual resolución, tocó a la puerta del despacho del jefe de su departamento. Éste abrió la puerta y le pidió que se sentara a su mesa de trabajo.

–Buenos días, Germán. ¿Qué te trae por aquí?
–Don Alonso, quiero renunciar a mi puesto de trabajo. No puedo seguir soportando esta situación.

Alonso miró sorprendido a Germán, pues no daba crédito a sus palabras.

–¿Cómo dices, Germán? ¿Te has vuelto loco? –Le replicó Alonso con ira y asombro– Eres un magnífico gerente de recursos humanos, quizás el mejor que ha pasado por este departamento. No puedes irte ahora. La compañía te necesita. ¿Qué te ocurre? ¿Acaso no estás a gusto con tus condiciones de trabajo? –le preguntó en un tono más suave y conciliador.
–Don Alonso, ya sé que le costará mucho entender mi decisión, pero tramitar el último expediente de regulación de empleo ha sido un calvario para mí. Me han obligado a echar a cientos, miles de personas a la calle. Miles de personas que ahora se verán en el más absoluto desamparo. La mayoría tiene familias a su cargo. Muchos ya no podrán pagar sus hipotecas y se enfrentarán a los desahucios. ¡Y tal vez más de uno se quitará la vida! He tenido que seleccionar una por una, de entre la masa de trabajadores de la compañía, a las personas que se irán a la calle. ¿Sabe, don Alonso? Me siento miserable, tan miserable como un verdugo.
–Escucha, Germán: tú sólo estás cumpliendo las órdenes que te llegan desde arriba, como también hacemos los demás. Este departamento se limita a hacer lo que le manda el consejo de administración, desde mí, que soy el jefe, hasta el último de los empleados. Ahora no debes plantearte dilemas de conciencia. El mundo está lleno de injusticias y tú no vas a remediarlas.
–Ya sé que no voy a remediar los problemas del mundo, pero puedo elegir entre colaborar con la injusticia o negarme a transigir con ella. Y todos, en algún momento de la vida, nos vemos en ese dilema. Si mi trabajo consiste en privar a los demás del suyo, prefiero buscarme otro.
–En fin, tú decides. Lamento que pienses así. Hoy mismo enviaré tu carta de renuncia al consejo de administración. Que tengas suerte.
–Gracias.

Germán salió de la oficina de Alonso y cerró la puerta despacio. Desde aquel momento había roto sus vínculos con la empresa. Ahora le quedaba por ejecutar la segunda fase de su plan. Inspiró con fuerza hasta llenar de aire sus pulmones, tomó el ascensor y marcó en el cuadro de botones el piso diecinueve, donde Pablo Sañudo, el presidente del consejo de administración, tenía su lujoso despacho. Cuando Germán salió del ascensor, miró a izquierda y derecha para cerciorarse de que nadie lo había visto. El pasillo se encontraba desierto. Tocó en la puerta número treinta y seis, la correspondiente al despacho, con toda la sangre fría del mundo, sin que ni un músculo de su cuerpo temblara. Detrás de la puerta, Pablo Sañudo estaba revisando las cotizaciones en Bolsa de la compañía, sentado en un sillón de cuero negro frente a un escritorio de roble.

–Adelante –le dijo el propio Pablo Sañudo–.

Germán entró con paso firme, como solía acudir al trabajo todas las mañanas.

–Buenos días, Germán. ¿Ha terminado ya el nuevo expediente de regulación de empleo?
–Sí, don Pablo. Aquí se lo traigo.

Germán sacó de su maleta la lista de los trabajadores despedidos y se la mostró a Pablo.

–Cinco mil personas echadas a la calle. ¿Le parecen suficientes? ¿O quiere todavía más? –le increpó Germán en tono acusatorio.
–¿Qué mosca te ha picado? –le replicó Pablo con ironía– ¿No te das cuenta de que, si no hacemos ahora ese recorte de personal, toda la compañía se vendrá a pique y nosotros con ella? Si el barco hace aguas, tenemos que salvarlo como sea. Se perderán cinco mil puestos de trabajo, sí, pero se han conservado muchos más.
–La gente como usted sólo habla de cifras, pero jamás de personas. No se dan cuenta de que, debajo de cada número, hay un hombre como usted y como yo, un hombre que sufre lo indecible, que se levanta cada mañana con sus manos trémulas y su frente llena de sudores fríos, cuando teme que vayan a despedirlo de un día para otro. Pero a la gente como usted no le importan los demás, porque jamás ha pensado en ellos. Los demás para usted no existen, don Pablo. Y usted no merece seguir existiendo para los demás.

Tras decir estas palabras, con una rapidez fulminante, Germán sacó la pistola que guardaba en el bolsillo de su chaqueta y disparó dos veces seguidas a Pablo en la región izquierda del pecho, casi en el corazón, causándole la muerte en el acto. El cadáver del presidente de la compañía, con los ojos abiertos y la boca desencajada, quedó sobre el sillón como un muñeco inerte, mientras la sangre manaba de la herida abierta en su pecho. Germán creyó que no tendría el coraje suficiente para consumar el asesinato como había planeado, que sus manos temblarían dejando caer la pistola, pero lo había hecho. Había matado a Pablo Sañudo, uno de los hombres de negocios más ricos y poderosos de todo el país, tan amado como temido, con la misma frialdad con la que hubiera aplastado una cucaracha con un golpe seco de zapatilla. Se vengaba así de quien le había encargado confeccionar el expediente de regulación de empleo. Nada más asesinarlo, reparó en un detalle: tras el sillón de Pablo, en una pared cubierta de mármol rojizo, una caja fuerte empotrada en el muro había quedado entreabierta. Germán se acercó despacio, casi de puntillas, para comprobar qué había dentro de la caja. Para su asombro, estaba repleta de billetes de quinientos euros, los más cuantiosos que producían las fábricas de moneda europeas. Tomó varios fajos y los guardó en sus bolsillos con rapidez, sin detenerse a contar lo que había sustraído. Ahora debía salir de aquel despacho sin que nadie lo viera. Se trataba de una misión difícil pero indispensable. Abrió la puerta con mucha suavidad, para que no hiciera ruido, miró hacia ambos lados del pasillo y comprobó que seguía desierto. Cerró la puerta, cogió el ascensor y marcó la planta baja en el cuadro de botones. Suspiró de alivio cuando se cerraron las puertas metálicas del ascensor. Ni una sola mancha de sangre había salpicado su cara, sus manos o su ropa. Como si nada hubiera sucedido, cruzó el vestíbulo con paso ligero y se perdió caminando en las calles de Madrid, mientras la compañía de seguros continuaba con su ajetreo diario. Cuando se hubo alejado un par de manzanas del edificio, paró un taxi y pidió que lo llevara a su casa. Cuando llegó por fin al vestíbulo de su piso y cerró la puerta, suspiró con una extraña mezcla de pesadumbre y alivio. No daba crédito a lo que había hecho.



[1] Radio tóxica y televisión tóxica: / tengo miedo de todos, / tengo miedo de todos.
[2] Pero no tengo drogas para remediarlo, /pero no tengo drogas para remediarlo, / para remediarlo.

lunes, 12 de junio de 2017

Shades of cool

(Escuchando a Lana del Rey)


La noche va cayendo, sigilosa,
cuando mis labios paladean
tu voz de licores frutales,
que anega mis oídos
en las curvas de su arroyo.
Sueño la inocencia de tu lujuria
mientras nadas, ingrávida sirena,
en el acuario de mis deseos.
Tú emerges de sombras azules
cuando fuera de mi ventana
solo ruge la voz de la tormenta,
cuando la noche se desmorona
sobre la turbia luz de los faroles,
con sus lágrimas innumerables,
líquidas ruinas de las estrellas.
Tú le cantas a un hombre
celeste, inaccesible, que te mira
con la indiferencia de los dioses,
con su donaire de galán de cine;
tan irreal como un espejismo
de glaciares entre las dunas,
tan lejano del fuego de tu pubis
como yo de la impura California.
Su corazón jamás ha probado
la herrumbre de los amores,
como el acero de los puentes.

Ese frágil misterio
de tu voz me acaricia con su timbre,
lánguido y susurrante.
No podría tocarlo con mis dedos,
pero me desoriento en los caminos
de la imaginación liberada.
Persigo cerrando los ojos,
en las cuevas marinas de la mente,
un manantial de luz inagotable,
un cometa disuelto en el agua.
Cada vez que te escucho,
yo también he vivido en California
y he surcado largas avenidas
en un coche flamante
bajo el vértigo de las palmeras.
Lana del Rey, tus labios iluminan
el paraíso de los sueños:
encienden faros en la noche,
hasta que al fin la música se apaga
y, tras la lluvia del invierno,
me deja solo,
mientras aún resuena en mis oídos
la música inefable de tu nombre.